En 1998 las excavadoras ponían fin a este poblado minero de más de 60 años, derribando gran número de viviendas y llevando a cabo una operación drástica de desalojo de sus ocupantes. Se cerraba así, arbitrariamente, un capítulo en la historia de un singular barrio fundado para albergar a los trabajadores de la explotación del cercano cerro del Cinto, donde se había obtenido cuarzo rico en oro.
Antaño, Rodalquilar era una aldea de pescadores, pero a partir de 1926 comenzaron las extracciones de mineral a cielo abierto, que inicialmente estaban en manos de una firma inglesa y fueron incautadas por los trabajadores durante la Guerra Civil. Al finalizar ésta, las minas pasaron a ser propiedad del Estado pero la obtención del oro, que se había mantenido en torno a los 5.000 kilos anuales, fue descendiendo y dejó de ser rentable. En 1966 las minas se cerraron definitivamente y la población de Rodalquilar pasó de 1.300 a 300 habitantes.
En los últimos años, el primitivo núcleo de pescadores se ha convertido en una zona de chalets, mientras que el poblado minero pasó a ser habitado por numerosas familias, algunas emparentadas con sus anteriores ocupantes. La destrucción de las casas ha convertido el lugar en un cúmulo de cascotes sobre los que avanza la vegetación y muros en los que aún se observan pintadas de protesta.
Instalaciones ruinosas
El poblado, asentado en un llano, estaba formado por hileras de viviendas de una planta, con un patio ajardinado y agrupadas en pequeñas manzanas. En cada esquina del barrio había una escuela, lo que da idea de una abundante población infantil, y fuera de este recinto estaban las casas de los técnicos y otros edificios como el casino, la iglesia, el economato y el cuartel de la Guardia Civil.
Cerca se alzan las edificaciones mineras, con sus estructuras de hormigón y los esqueletos de sus torreones a media ladera. Las instalaciones, peligrosas a causa de los pozos y las galerías, incluyen grandes depósitos circulares destinados a tratar el mineral, así como la nave de los talleres, en la que se pueden ver restos de expositores e incluso una caja de caudales.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
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sábado, 22 de octubre de 2016
Santa María de Buil - Huesca
En las laderas del cerro de Santa Cruz, elevado como una atalaya sobre los campos de labor, se asienta Santa María de Buil, población que en los siglos X y XI tuvo una notable importancia en el Sobrarbe, hasta el punto de que jugó el papel de capital de la comarca mientras Aínsa estaba en poder de los musulmanes. Su situación estratégica en el reino de Aragón y su emplazamiento a más de 900 metros de altitud, que permite tener una amplísima panorámica del entorno, hicieron de este núcleo un enclave privilegiado, coronado por un castillo del que apenas quedan restos.
El caserío se reparte en dos parroquias muy características. Nada más entrar en el pueblo se encuentra el barrio de San Martí, en torno a un magnífico templo del siglo XI declarado monumento nacional en 1976 - atendido por una agrupación de antiguos vecinos del pueblo que han evitado su ruina. La construcción, de tipo románico lombardo, es una de las más antiguas de este estilo en Aragón y, aunque fue modificada con poco acierto en el siglo XVII, todavía exhibe su planta de basílica. La solución de la torre, en cuya base se encuentra el atrio, se anticipó a su época influyendo en otras iglesias de la región.
Alrededor del templo se pueden ver algunas hermosas casas del siglo XVI, en las que se aprecian chimeneas, pozos y terrazas y que están siendo utilizadas esporádicamente por sus dueños. Desde este barrio se accede al de Santa María, situado en lo alto del cerro en torno a otra iglesia de gran tamaño, en estado ruinoso y terriblemente saqueada. Junto al templo se alzan el crucero y los muros del antiguo cementerio, y en dirección a la cima, el barrio apenas se mantiene en pie, con las paredes de piedra invadidas por una vegetación intransitable.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
El caserío se reparte en dos parroquias muy características. Nada más entrar en el pueblo se encuentra el barrio de San Martí, en torno a un magnífico templo del siglo XI declarado monumento nacional en 1976 - atendido por una agrupación de antiguos vecinos del pueblo que han evitado su ruina. La construcción, de tipo románico lombardo, es una de las más antiguas de este estilo en Aragón y, aunque fue modificada con poco acierto en el siglo XVII, todavía exhibe su planta de basílica. La solución de la torre, en cuya base se encuentra el atrio, se anticipó a su época influyendo en otras iglesias de la región.
Alrededor del templo se pueden ver algunas hermosas casas del siglo XVI, en las que se aprecian chimeneas, pozos y terrazas y que están siendo utilizadas esporádicamente por sus dueños. Desde este barrio se accede al de Santa María, situado en lo alto del cerro en torno a otra iglesia de gran tamaño, en estado ruinoso y terriblemente saqueada. Junto al templo se alzan el crucero y los muros del antiguo cementerio, y en dirección a la cima, el barrio apenas se mantiene en pie, con las paredes de piedra invadidas por una vegetación intransitable.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
viernes, 21 de octubre de 2016
Avellanosa de Rioja - Burgos
Avellanosa de Rioja presenta uno de los conjuntos tradicionales urbanos mejor conservados de la provincia de Burgos. Unido a Eterna, que a su vez es pedania de Belorado, el pueblo está situado en un estrecho valle abierto por el río Reláchigo. Tradicionalmente agrícola y ganadero, llegó a tener 50 habitantes en el primer tercio del siglo XX, pero fue paulatinamente abandonado desde los años sesenta. Pese a ello, los hijos de Avellanosa se han preocupado de impedir que, como ha sucedido en muchos otros casos, la ruina se apoderase de la localidad. De esta forma, hoy día presenta una fisonomía urbana que lo distingue de la práctica totalidad de los pueblos burgaleses. En la iglesia de San Esteban destaca su esbelta torre-campanario de planta cuadrada, con características muy singulares. Templo de nave única, ábside recto y sacristía, en su fachada norte se adosa el cementerio. En su interior, guarda un retablo mayor neclásico dedicado a la Santísima Trinidad y otro menor dedicado a la Virgen del Rosario. Los propios vecinos emprendieron en 2009 la tarea de reforzar y restaurar la ermita de la Santísima Trinidad.
ARQUITECTURA POPULAR
Sus casas responden al modelo más primitivo de vivienda popular imperante en la comarca del alto Tirón. El elemento constructivo protagonista en Avellanosa es el entramado de madera relleno de adobe y en algunos casos, con ladrillo de tejar. Todas las edificaciones cuentan con un zócalo ejecutado con cantos rodados y están cubiertas con tejados a dos aguas, que además presentan amplios aleros con canes de madera trabajados y tallados. Las influencias provienen de la arquitectura popular de la Bureba.
(Pueblos abandonados y despoblados)
ARQUITECTURA POPULAR
Sus casas responden al modelo más primitivo de vivienda popular imperante en la comarca del alto Tirón. El elemento constructivo protagonista en Avellanosa es el entramado de madera relleno de adobe y en algunos casos, con ladrillo de tejar. Todas las edificaciones cuentan con un zócalo ejecutado con cantos rodados y están cubiertas con tejados a dos aguas, que además presentan amplios aleros con canes de madera trabajados y tallados. Las influencias provienen de la arquitectura popular de la Bureba.
(Pueblos abandonados y despoblados)
A Valia - Asturias
El bullicioso cauce del Agüeira, que recoge sus impolutas aguas de pequeños arroyos en este rincón de Los Oscos, ha creado un entorno idílico a su paso por A Valia, una aldea integrada apenas por tres casas, una capilla derruida y restos de otras construcciones, cuyos orígenes se remontan al siglo XIII. Algo de esa atmósfera medieval se respira aún en este núcleo de pizarra y piedra oscura, que asoma entre el arbolado como el escenario de una leyenda artúrica y que, por la pureza de su arquitectura, ha sido catalogada como conjunto histórico-etnográfico de interés.
Desde tiempos remotos, A Valia estuvo habitada por una población estable que ocupaba tres casas y algunas cabañas, hoy desaparecidas, y que a mediados del siglo XX se reducía a 16 habitantes. La economía de la aldea se mantuvo gracias a la agricultura y a la industria de la forja, realizada con ayuda de un mazo movido por la corriente del agua. Pero la crisis de ambas fuentes de riqueza produjo el abandono de la aldea.
Hoy, la única huella visible de la herrería son los restos de la canalización del mazo y un curioso blasón que se conserva en la casa principal, en el que figura la palabra Vizcain, tal vez porque la mayoría de los herreros procedían de Vizcaya. La influencia vasca se hizo presente en el nombre que se daba en la comarca a los artesanos de las herrerías, llamados "arozas" (de arotz, herrero en euskera).
El otro testimonio de que esta aldea estuvo llena de vida es el molino de grano, una minúscula construcción junto al río. En lo alto del caserío quedan las paredes y restos del campanil de la capilla, una modesta obra de piedra datada en 1766 y, al otro lado del valle, sobre un altozano, se levanta As Casias, un caserón acompañado de un hórreo de buen porte.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Desde tiempos remotos, A Valia estuvo habitada por una población estable que ocupaba tres casas y algunas cabañas, hoy desaparecidas, y que a mediados del siglo XX se reducía a 16 habitantes. La economía de la aldea se mantuvo gracias a la agricultura y a la industria de la forja, realizada con ayuda de un mazo movido por la corriente del agua. Pero la crisis de ambas fuentes de riqueza produjo el abandono de la aldea.
Hoy, la única huella visible de la herrería son los restos de la canalización del mazo y un curioso blasón que se conserva en la casa principal, en el que figura la palabra Vizcain, tal vez porque la mayoría de los herreros procedían de Vizcaya. La influencia vasca se hizo presente en el nombre que se daba en la comarca a los artesanos de las herrerías, llamados "arozas" (de arotz, herrero en euskera).
El otro testimonio de que esta aldea estuvo llena de vida es el molino de grano, una minúscula construcción junto al río. En lo alto del caserío quedan las paredes y restos del campanil de la capilla, una modesta obra de piedra datada en 1766 y, al otro lado del valle, sobre un altozano, se levanta As Casias, un caserón acompañado de un hórreo de buen porte.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
jueves, 20 de octubre de 2016
Cortijos Nuevos - Jaén
Desde hace muchos años, Manuel es el único habitante de Cortijos Nuevos, aldea asentada cerca del cauce del Guadalimar y a poca distancia de la carretera N-322 que une Bailen con Albacete. La mayor parte de sus convecinos se marcharon con las grandes oleadas de emigración repartiéndose por destinos tan dispares como Francia, Barcelona, Alicante,... o en el mejor de los casos se quedaron a vivir en Puente de Génave, donde podían disponer de una casa con luz y agua corriente, lujos de los que carecía Cortijos Nuevos, que se abastecía con agua de lluvia almacenada en un aljibe.
La cercanía del río y la tradición agrícola de la zona habían permitido que la aldea viviera tiempos mejores y tuviera hasta un centenar de habitantes, dedicados al cultivo de olivos y cereales. Incluso en épocas no muy lejanas se construyó una escuela después de que los niños asistieran al aula improvisada en una casa particular. El edificio escolar, que incluye la vivienda del maestro, se alza junto a una capilla y es la única construcción reciente en medio de un caserío que conserva en buen estado su arquitectura tradicional. El núcleo urbano carece de calles propiamente dichas y está integrado por manzanas desiguales que agrupan diversas viviendas, creando un bonito juego de muros y tejados a distintas alturas. La mayor parte de las construciones contaban con zonas destinadas a usos muy diferentes: la vivienda, el patio, los establos y los graneros. Éstos últimos podían llegar a tener dos plantas, comunicadas entre sí por una escalera exterior. La solidez de los muros, hechos con piedra de mampostería, ha preservado en parte los edificios, que a veces siguen siendo utilizados por sus dueños como almacenes y entre los que destaca un caserón de gran tamaño, que estuvo habitado por el vecino más rico del pueblo, arruinado, según cuentan, por su carácter mujeriego.
Tráfico lejano
En el recorrido de la cortijada, los hornos abandonados y las aventadoras cubiertas de herrumbre, que asoman bajo los tejadillos de los corrales, evocan otros instantes en la vida de esta aldea. Unos instantes cuyos últimos rescoldos son los ladridos de los perros y la presencia del solitario y locuaz Manuel, amigo de charlar con el visitante -e incluso de ofrecerle vino y fruta- y capaz de reconocer que ha pasado miedo alguna noche, cuando la oscuridad cae sobre las casas. Mientras, a lo lejos se observa el incesante tráfico de la carretera nacional, como una ironía del progreso.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
La cercanía del río y la tradición agrícola de la zona habían permitido que la aldea viviera tiempos mejores y tuviera hasta un centenar de habitantes, dedicados al cultivo de olivos y cereales. Incluso en épocas no muy lejanas se construyó una escuela después de que los niños asistieran al aula improvisada en una casa particular. El edificio escolar, que incluye la vivienda del maestro, se alza junto a una capilla y es la única construcción reciente en medio de un caserío que conserva en buen estado su arquitectura tradicional. El núcleo urbano carece de calles propiamente dichas y está integrado por manzanas desiguales que agrupan diversas viviendas, creando un bonito juego de muros y tejados a distintas alturas. La mayor parte de las construciones contaban con zonas destinadas a usos muy diferentes: la vivienda, el patio, los establos y los graneros. Éstos últimos podían llegar a tener dos plantas, comunicadas entre sí por una escalera exterior. La solidez de los muros, hechos con piedra de mampostería, ha preservado en parte los edificios, que a veces siguen siendo utilizados por sus dueños como almacenes y entre los que destaca un caserón de gran tamaño, que estuvo habitado por el vecino más rico del pueblo, arruinado, según cuentan, por su carácter mujeriego.
Tráfico lejano
En el recorrido de la cortijada, los hornos abandonados y las aventadoras cubiertas de herrumbre, que asoman bajo los tejadillos de los corrales, evocan otros instantes en la vida de esta aldea. Unos instantes cuyos últimos rescoldos son los ladridos de los perros y la presencia del solitario y locuaz Manuel, amigo de charlar con el visitante -e incluso de ofrecerle vino y fruta- y capaz de reconocer que ha pasado miedo alguna noche, cuando la oscuridad cae sobre las casas. Mientras, a lo lejos se observa el incesante tráfico de la carretera nacional, como una ironía del progreso.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Albalate de Tajuña
Albalate de Tajuña es un despoblado en el término municipal de Luzaga, en la provincia de Guadalajara (España). Se situaba a medio camino entre Luzaga y Cortes de Tajuña. Se trataba de una pequeña aldea de unas pocas casas de la que tan solo se mantiene en pie parte de la atalaya, la ermita dedicada a San Roque y el molino.
(Wikipedia)
(Wikipedia)
miércoles, 19 de octubre de 2016
Malgrat - Lérida
La localidad de Malgrat, encaramada a más de 800 metros de altitud en el angosto valle de Aguilar, por el que transcurre el río de La Guardia, es una sombra del pasado, un cúmulo de paredes de piedra que apenas permiten reconocer una docena de casa totalmente arruinadas.
La espesura del matorral, que se ha adueñado del caserío hasta taparlo casi por completo, dificulta incluso su localización en una de las laderas del valle, a la que se accede por una pista desdibujada entre la hierba, que atraviesa antiguas terrazas de cultivo y acaba en una amplia era.
Románico rural
Una vez en la aldea, el viajero intenta adivinar la fisonomía de las veredas y los edificios, entre los que destaca la sencillísima Iglesia de San Bartolomé, un interesante ejemplo de románico rural presidido por un mínimo campanario y que aún conserva el ábside. Este templo formaba parte de un conjunto de iglesias dispersas por la sierra de Ares, entre las que se encontraban tambien Santa Leocadia de Bellpui y Sant Martí de Barén. Junto al ruinoso ábside, una desvencijada puerta de madera conduce al antiguo cementerio, que se asoma al resto del pueblo, escalonado en la pendiente sobre un bellísimo abismo vegetal.
La acusada inclinación del suelo fue seguramente una de las razones del abandono, allá por los años 50, cuando la imposibilidad de utilizar maquinaria hizo excesivamente penosas las labores del campo. La falta de luz y agua corriente hicieron el resto y Malgrat pasó a engrosar el nutrido grupo de pueblos deshabitados.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
La espesura del matorral, que se ha adueñado del caserío hasta taparlo casi por completo, dificulta incluso su localización en una de las laderas del valle, a la que se accede por una pista desdibujada entre la hierba, que atraviesa antiguas terrazas de cultivo y acaba en una amplia era.
Románico rural
Una vez en la aldea, el viajero intenta adivinar la fisonomía de las veredas y los edificios, entre los que destaca la sencillísima Iglesia de San Bartolomé, un interesante ejemplo de románico rural presidido por un mínimo campanario y que aún conserva el ábside. Este templo formaba parte de un conjunto de iglesias dispersas por la sierra de Ares, entre las que se encontraban tambien Santa Leocadia de Bellpui y Sant Martí de Barén. Junto al ruinoso ábside, una desvencijada puerta de madera conduce al antiguo cementerio, que se asoma al resto del pueblo, escalonado en la pendiente sobre un bellísimo abismo vegetal.
La acusada inclinación del suelo fue seguramente una de las razones del abandono, allá por los años 50, cuando la imposibilidad de utilizar maquinaria hizo excesivamente penosas las labores del campo. La falta de luz y agua corriente hicieron el resto y Malgrat pasó a engrosar el nutrido grupo de pueblos deshabitados.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
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