El camino que conduce al pequeño barrio de La Alameda es un bonito sendero que remonta la ladera de un cerro a la sombra de esbeltos árboles. El propio nombre del lugar se debe a que estuvo poblado por abundantes olmos, conocidos como álamos en buena parte de Castilla, diezmados por la epidemia de grafiosis que atacó a la especie en todo el mundo. La transparencia del aire en esta ladera del Guadarrama parece haber tenido efectos balsámicos sobre la vegetación, ayudada por la pureza del agua, que mana generosamente en el término y aún nutre algunas pequeñas huertas.
Nada más entrar al pueblo, un fresco caño alivia la sed del visitante y cae a continuación sobre una pila en la que abrevaba el ganado cuando el caserío estaba habitado. Las primeras citas de la aldea se remontan al año 1587 y cuatro siglos más tarde todavía contaba con 52 habitantes, pero hacia 1970 quedó despoblada a causa de la falta de luz y agua corriente y se produjo una auténtica diáspora de sus vecinos que en algunos casos acabaron buscando trabajo en Francia.
El núcleo, no obstante, contó con hermosos edificios -algunos preservados por sus dueños y en buen estado- y todavía ofrece la estampa de un rincón apacible en el que se reparten casas de amplios portalones, ruinosas paredes de piedra y construcciones cubiertas de maleza. En un rincón casi inaccesible tras un muro de zarzas se esconde una casa que exhibe su año de construcción, 1874, sobre el dintel de una ventana, una tosca cruz grabada sobre la puerta y algunos sencillos adornos de esgrafiado en la fachada. Muy cerca, un camino de ruedas de molino permite salvar el suelo encharcado hasta una mínima fuente que mana entre las piedras.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
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domingo, 20 de noviembre de 2016
Sobrón - Lantarón (Alava)
La pequeña villa de Sobrón, apartada en un paraje del desfiladero que cae en picado sobre el curso del Ebro, es un caserío diseminado entre montes abruptos. Sólo las dimensiones de la iglesia parroquial emplazada en un alto y camuflada bajo grandes árboles, deja entrever que aquí hubo un pueblo formado por algo más unas cuantas casas que asoman entre la floresta, sin otra compañía que algunos vecinos de fin de semana y los sonidos de un ganado que se sigue guardandose en los cercados del entorno.
Hasta hace algunas décadas, Sobrón era un núcleo de treinta casas, con una población de ciento veinte habitantes y una escuela a la que asistían veintitantos niños. El vecindario, aprovechando la bonanza del clima, vivía del cultivo de las huertas y de algunos frutales, como manzanos y cerezos, y se dedicaba esporádicamente al carboneo. La presencia de fuentes abundantes, entre ellas la llamada Caliente, permitió con el tiempo el desarrollo de un incipiente turismo que se acercaba a tomar baños en las estaciones termales a orillas del Ebro, donde a mediados del siglo XIX surgió un pujante balneario. En plena Guerra Civil, éste se convirtió en un hospital de campaña para atender a los heridos en el frente del Ebro y al terminar la contienda pasó a ser un singular refugio para oficiales alemanes que se negaban a volver a su país bajo las órdenes de Hitler.
Presencia alemana
En recuerdo de aquella época, junto a la ruinosa iglesia de Sobrón vale la pena acercarse al mínimo cementerio, a punto de ser engullido por una maraña de vegetación entre la que aún se distingue alguna lápida que recuerda la presencia alemana en la zona. Ya en el pueblo, entre las construcciones destaca la casa de la villa, un sobrio edificio de tres plantas en las que se repartían la escuela, la vivienda del maestro y la sala de reunión del vecindario. En las inmediaciones se alzan algunos espléndidos cerezos, al cuidado de los lugareños que han iniciado una tímida recuperación del caserío y que no dudan en desgranar sus recuerdos ante la curiosidad del viajero.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Hasta hace algunas décadas, Sobrón era un núcleo de treinta casas, con una población de ciento veinte habitantes y una escuela a la que asistían veintitantos niños. El vecindario, aprovechando la bonanza del clima, vivía del cultivo de las huertas y de algunos frutales, como manzanos y cerezos, y se dedicaba esporádicamente al carboneo. La presencia de fuentes abundantes, entre ellas la llamada Caliente, permitió con el tiempo el desarrollo de un incipiente turismo que se acercaba a tomar baños en las estaciones termales a orillas del Ebro, donde a mediados del siglo XIX surgió un pujante balneario. En plena Guerra Civil, éste se convirtió en un hospital de campaña para atender a los heridos en el frente del Ebro y al terminar la contienda pasó a ser un singular refugio para oficiales alemanes que se negaban a volver a su país bajo las órdenes de Hitler.
Presencia alemana
En recuerdo de aquella época, junto a la ruinosa iglesia de Sobrón vale la pena acercarse al mínimo cementerio, a punto de ser engullido por una maraña de vegetación entre la que aún se distingue alguna lápida que recuerda la presencia alemana en la zona. Ya en el pueblo, entre las construcciones destaca la casa de la villa, un sobrio edificio de tres plantas en las que se repartían la escuela, la vivienda del maestro y la sala de reunión del vecindario. En las inmediaciones se alzan algunos espléndidos cerezos, al cuidado de los lugareños que han iniciado una tímida recuperación del caserío y que no dudan en desgranar sus recuerdos ante la curiosidad del viajero.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Montabliz - Cantabria
Montabliz es una localidad despoblada del municipio de Bárcena de Pie de Concha, en Cantabria (España). Se encuentra a una distancia de 6 km de la capital del municipio y tiene una altitud de 490 msnm. Hoy en día el nombre de Montabliz se identifica con el bosque y el lote de caza en el que está incluido, dentro de la Reserva Nacional de Caza del Saja.
Asimismo, la infraestructura más importante de la Autovía Cantabria-Meseta, el Viaducto de Montabliz, toma su nombre de esta localidad. El pueblo de Montabliz llegó a tener una estación de ferrocarril que aun se conserva pero en la que los trenes ya no efectúan parada.
(Wikipedia)
Asimismo, la infraestructura más importante de la Autovía Cantabria-Meseta, el Viaducto de Montabliz, toma su nombre de esta localidad. El pueblo de Montabliz llegó a tener una estación de ferrocarril que aun se conserva pero en la que los trenes ya no efectúan parada.
(Wikipedia)
sábado, 19 de noviembre de 2016
El Retamalejo - Caravaca de la Cruz (Murcia)
El Retamalejo es otro de los núcleos perteneciente a Caravaca de la Cruz, la mayoría de las casas ya no tienen tejados, aun se pueden ver los restos de enseres de los moradores de estas casas.
Se aprecia que la gente vivía prácticamente del campo tanto ganadería como agricultura.
(Pueblos abandonados o despoblados)
Se aprecia que la gente vivía prácticamente del campo tanto ganadería como agricultura.
(Pueblos abandonados o despoblados)
Ambas Aguas - La Rioja
A Ambas Aguas aún le quedan muchas casas y otros edificios en pie, se puede destacar su iglesia que está perfectamente cuidada e intacta situada en un alto y casi unida a un precioso puente medieval, el resto del pueblo tiene muchas casas en ruina.
A pesar de llamarse Ambas aguas por haber tenido agua en abundancia, hasta el año 2006 no tenían agua en sus viviendas los 4 habitantes que todavía quedan en Ambas Aguas.
(Pueblos abandonados o despoblados)
A pesar de llamarse Ambas aguas por haber tenido agua en abundancia, hasta el año 2006 no tenían agua en sus viviendas los 4 habitantes que todavía quedan en Ambas Aguas.
(Pueblos abandonados o despoblados)
viernes, 18 de noviembre de 2016
Guendulain - Navarra
Los peregrinos jacobeos que hacen el trayecto entre Cizur Menor y Puente la Reina, poco antes de comenzar el ascenso por el legendario puerto del Perdón pasan junto al antiguo caserío de Guendulain, un núcleo escondido a los pies de un cerro, dominando una hermosa panorámica de la zona.
Peligro de derrumbamiento
El cogollo principal contaba antiguamente con treinta y cinco casas, incluyendo el ayuntamiento, la cárcel y la escuela, y una población de más de ciento cincuenta habitantes dedicados al cultivo de cereal y a la cría de animales: vacas, ovejas y caballos. Los terrenos circundantes eran ricos en caza y en las noches invernales no faltaba la presencia de lobos, abundantes en la zona.
La estampa actual de Guendulain es bastante más desoladora y recibe al visitante con algunas placas que advierten del peligro de derrumbamientos. Sobre una terraza del terreno se alzan sus dos construcciones más singulares, la iglesia de San Andrés y el palacio, separados por varios árboles de troncos secos. El templo, de buena planta, cuenta con una hermosa torre y un atrio de tres arcos que da acceso a la portada, con ornamentos neoclásicos. El interior, de una sola nave, exhibe aún algunas nervaduras y tal vez esconde un pasadizo que tiene salida a pocos metros del edificio. No lejos de la iglesia está el cementerio y en dirección opuesta, dominando una suave ladera se encuentra el palacio, que muestra sus decrépitos muros cubiertos de hiedra. Al traspasar la entrada, extremando las precauciones, se descubren los vestigios de un elegante patio sostenido por columnas, en cuyo centro alguna vez hubo un pozo, hoy anegado.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Peligro de derrumbamiento
El cogollo principal contaba antiguamente con treinta y cinco casas, incluyendo el ayuntamiento, la cárcel y la escuela, y una población de más de ciento cincuenta habitantes dedicados al cultivo de cereal y a la cría de animales: vacas, ovejas y caballos. Los terrenos circundantes eran ricos en caza y en las noches invernales no faltaba la presencia de lobos, abundantes en la zona.
La estampa actual de Guendulain es bastante más desoladora y recibe al visitante con algunas placas que advierten del peligro de derrumbamientos. Sobre una terraza del terreno se alzan sus dos construcciones más singulares, la iglesia de San Andrés y el palacio, separados por varios árboles de troncos secos. El templo, de buena planta, cuenta con una hermosa torre y un atrio de tres arcos que da acceso a la portada, con ornamentos neoclásicos. El interior, de una sola nave, exhibe aún algunas nervaduras y tal vez esconde un pasadizo que tiene salida a pocos metros del edificio. No lejos de la iglesia está el cementerio y en dirección opuesta, dominando una suave ladera se encuentra el palacio, que muestra sus decrépitos muros cubiertos de hiedra. Al traspasar la entrada, extremando las precauciones, se descubren los vestigios de un elegante patio sostenido por columnas, en cuyo centro alguna vez hubo un pozo, hoy anegado.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
jueves, 17 de noviembre de 2016
Viguria - Navarra
Los viñedos y los campos de secano dominan el paisaje del valle de Guesalaz, una vasta extensión de suaves ondulaciones y oteros coronados por pequeños pueblos que integran la comarca de tierra Estella. Uno de estos pueblos es Viguria, situado al sur de la sierra de Andía sobre una elevación del terreno cubierta de matorral y bordeada por el río Salado, que recorre buena parte del valle antes de ir a parar al embalse de Alloz.
Palacio de Montehermoso
Al entrar en Viguria, el visitante se ve deslumbrado por el palacio de los marqueses de Montehermoso, un edificio de grandes dimensiones que está siendo objeto de restauración. Sobre la fachada de sillería, flanqueada por sendos torreones, destaca el escudo blasonado y los elegantes enrejados de ventanas y balcones.
Aneja al palacio se puede ver otra construcción que alojó a la cárcel del pueblo y aislada en lo alto del cerro se yergue la iglesia parroquial de la Asunción, un templo de muros resquebrajados que amenaza con venirse abajo en cualquier momento y que parece sostenerse apoyado en su sólido torreón. Tanto el campanario como la puerta de entrada, cubierta por un ruinoso atrio, conservan rasgos de la primitiva construcción románica, muy alterada.
Detrás de la iglesia, el cementerio, con algunas cruces de hierro, evoca otros tiempos en los que el pueblo contaba con cerca de un centenar de habitantes dedicados sobre todo a la ganadería y al cultivo de cereal.
La población se repartía en una veintena de viviendas, que en algunos casos todavía se mantienen en pie gracias a su nuevo destino como residencias de fin de semana y que aparecen precedidas por cuidados jardines.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Palacio de Montehermoso
Al entrar en Viguria, el visitante se ve deslumbrado por el palacio de los marqueses de Montehermoso, un edificio de grandes dimensiones que está siendo objeto de restauración. Sobre la fachada de sillería, flanqueada por sendos torreones, destaca el escudo blasonado y los elegantes enrejados de ventanas y balcones.
Aneja al palacio se puede ver otra construcción que alojó a la cárcel del pueblo y aislada en lo alto del cerro se yergue la iglesia parroquial de la Asunción, un templo de muros resquebrajados que amenaza con venirse abajo en cualquier momento y que parece sostenerse apoyado en su sólido torreón. Tanto el campanario como la puerta de entrada, cubierta por un ruinoso atrio, conservan rasgos de la primitiva construcción románica, muy alterada.
Detrás de la iglesia, el cementerio, con algunas cruces de hierro, evoca otros tiempos en los que el pueblo contaba con cerca de un centenar de habitantes dedicados sobre todo a la ganadería y al cultivo de cereal.
La población se repartía en una veintena de viviendas, que en algunos casos todavía se mantienen en pie gracias a su nuevo destino como residencias de fin de semana y que aparecen precedidas por cuidados jardines.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
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