Se trata de un palacio indiano, de estilo modernista, construido en 1912 con el dinero que Manuel Méndez de Andes heredó de su tío, que había hecho negocio en Argentina. Aquí se instaló con su mujer y sus seis hijos, viajando con frecuencia a América para continuar con los negocios de su tío. No obstante, tenía menos mano para los números y en 1931 estaba arruinado, con todas sus empresas cerradas. Murió en el barco de vuelta a España y su familia continuó viviendo en la villa, cada vez más descuidada y decadente por la falta de dinero.
La última habitante de la mansión fue una de las hijas, Esther, que murió en 1999. Está abandonada desde entonces, aunque hay planes de convertirla en un hotel.
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jueves, 26 de septiembre de 2019
miércoles, 21 de agosto de 2019
Villa Excélsior- Luarca
Este fastuoso palacio fue construido en el año 1912 por Manuel Méndez de Andés, heredero de una gran fortuna conseguida con una fabrica de cigarrillos por su tío del mismo nombre en el siglo XIX en Argentina.
Siendo Méndez de Andés muy pequeño fue llevado a la Argentina para que conociera el negocio, pues su tío no tenia herederos directos.
El nombre de la fábrica en Buenos Aires era Excelsior, nombre que llevaría la mansión que Andés se hizo construir primero en Buenos Aires y más tarde en Asturias. Su tío era un conocido filántropo que contribuía con donaciones a muchas causas, una calle de Buenos Aires lleva su nombre. Fue enterrado en el famoso cementerio de la Chacarita.
Luego de su muerte Méndez de Andés regresa a Asturias, se casa con la hija de una noble familia y hace construir una mansión más grande que la que tenia en Argentina.
Para su construcción no escatimó en gastos llegando a tener la casa más grande jamás construida por un indiano en Asturias, sus jardines eran de una belleza incomparable.
A partir de entonces Méndez de Andés distribuiría su tiempo entre Asturias y Buenos Aires, pero a este Méndez de Andés le faltaba algo que a su tío le sobraba, capacidad para hacer negocios y ponerlos a producir. Con la llegada de la la guerra mundial entró en bancarrota, en 1931 ya arruinado decide volver a España pero nunca regresaría, fue encontrado muerto en el camarote del barco en el que viajaba.
Su mujer e hijos siguieron viviendo durante años de los dineros acumulados pero finalmente llego lo inevitable. Sus herederos no pudieron hacerse cargo del coste de mantenimiento de la casona.
Villa Excelsior está hoy abandonada y en estado ruinoso.
domingo, 30 de diciembre de 2018
Mina de Mercurio El Terrenal - Asturias
Esta industria de mercurio yace enmascarada por la maleza junto al arroyo de San Tirso en Mieres. El Terrenal no es más que un seudónimo pues esta mina recibe el nombre de Pozo Esperanza, un curioso apelativo para un lugar de trágica historia.
Esta industria inicia su actividad en el año 1940 y, durante décadas, fue un engranaje clave de la extracción de mercurio de Asturias.
La reseña biográfica de esta empresa minera fue adquirida en 1844 por la Sociedad de La Fraternidad y, posteriormente, traspasada a la Sociedad El Porvenir en 1846. Ya a principios del siglo XX, The Oviedo Mercury Mines se adueña de la explotación minera y, nuevamente, es transferida a Policarpo Herrero en 1913.
Ya en 1947, nace la compañía Astur-Belga de Minas S.A. la cual exprime el rendimiento del Pozo La Esperanza y La Unión hasta el cierre definitivo.
A lo largo de los años, por esta mina pasaron más de ochocientos trabajadores, concretamente entre mediados de los años cuarenta y mediados de los setenta, y la gran mayoría procedentes de Portugal, Galicia, Extremadura, Andalucía, etc. Todos ellos atraídos por los sueldos relativamente elevados que el mercurio ofrecía con respecto al carbón. Tras la búsqueda de unas condiciones salariales favorecedoras, trabajar en El Terrenal escondía una elevada tasa de mortalidad poco esperanzadora. Mientras que países como Japón, Estados Unidos o Canadá, habían prohibido la explotación de este mineral, la España de Francisco Franco ascendía al pódium de la explotación mundial de mercurio.
Así, esta mina se convertía en un infierno en el cual sus trabajadores morían por diversas afecciones causadas por la contaminación y, con ellos, una parte de la historia contemporánea de esta región.
Es en el año 1973 cuando El Terrenal cierra sus puertas, aunque estas no logran encerrar sus riesgos.
En 2008 el Ministerio de Medio Ambiente declara una lista de once estructuras mineras potencialmente contaminadas, entre ellas, en quinto lugar se posiciona El Terrenal. Tres años después, la Universidad de Oviedo presenta el proyecto I+DARTS que tiene como objetivo seleccionar las técnicas más adecuadas para la recuperación de suelos contaminados con materiales pesados. Al año siguiente, en junio de 2012, se aprueba por fin este proyecto con un coste estimado de un millón de euros (cofinanciado al 50% por la Unión Europea). Las previsiones auguran que dicho proyecto no finalizará hasta 2016.
Como anécdota cabe destacar el estreno de un documental titulado ‘Morir en El Terronal’, dirigido y producido por el gijonés Luís Felipe Capellín, en el que recupera la historia de esta explotación en la que perdieron la vida centenares de trabajadores.
(Decadencia urbana)
miércoles, 12 de septiembre de 2018
Os Teixois - Asturias
Asturias contiene numerosos pueblos abandonados, pero quizás uno de los más encantadores es Os Teixois, una villa abandonada y enclavada en plena naturaleza asturiana que se ha conservado para el turismo.
En ella se puede disfrutar de obras arquitectónicas como casonas, cabazos y hórreos, además de increíbles ingenios industriales que aun funcionan, lo que ha hecho que esta villa sea declarada conjunto etnográfico.
(Sensación Rural)
jueves, 12 de julio de 2018
Ancadeira - Asturias
Aldea en la provincia y diócesis de Oviedo (24 leg.), partido judicial de Grandas de Salime (4 1/2 ayuntamiento y feligresía de Sta. Eulalia de Oscos (1/2 sítuada en una montaña peñascosa y a la izquierda del río Santalla: confina por el Este con el término de Cabanela: el terreno es todo inferior y produce a razón de 3 por uno en las 6 fanegas de tierra que se cultivan. En la parte baja y por un estrecho puente de madera, se atraviesa el referido Santalla, cuyas aguas no se utilizan en el riego por la desconfianza que tienen los vecinos del mal terreno que ocupan: sin otro camino que el que conduce a la parroquia; su escasa cosecha es de centeno: maíz y patatas; y la ind. especial, ia construcción de clavos. Población 8 vecinos, 35 almas.
(Pascual Madoz - 1847)
miércoles, 17 de mayo de 2017
Fábrica de Loza - Asturias
HISTORIA.
Esta fábrica destaca por su larga trayectoria comercial e histórica. Su proyecto empresarial empezó en septiembre de 1901 de la mano de Senén María Ceñal. Este industrial, arropado por un conjunto de comerciantes y banqueros, inició la construcción de una fábrica de vajillas que marcaría la historia del pueblo colindante y, así mismo, de Asturias.
Desde sus inicios se centró su producción en las vajillas de loza (en concreto con loza feldespática) similar, por su composición química y características físicas, a la loza inglesa, su principal referente. Además, se caracterizó por utilizar las técnicas de decoración de cerámica ‘bajo esmalte’, las más avanzadas de cada época. Este tipo de decoración era el único modo de garantizar que los colores permanecieran inalterables al tiempo.
Altibajos empresariales y diversos propietarios marcaron la historia de esta fábrica de vajillas.
En 1920 se produjo la disolución de la sociedad inicial y fue José Fuentes Díaz-Estébanez quien adquirió la fábrica por la cantidad de 1.8 millones de pesetas. Y con él, llegó la época de mayor esplendor hasta el momento. «La factoría ovetense alcanzó la mayoría de edad en 1924, pues en ese año se colocó a la cabeza de la industria cerámica regional con una producción de tres millones de piezas y una plantilla de 200 trabajadores», refleja el autor Manuel Buelga en su libro.
La producción y las ventas aumentaron aún más en la época en que Juan Fuentes Fernández, hijo del anterior propietario, gestionó la fábrica. La modernización del proceso que emprendió tras la Guerra Civil, años donde prácticamente se paró la producción, permitió escribir otra etapa de años dorados. Pero no fue hasta 1952 cuando la fábrica empezó a competir con La Cartuja de Sevilla, la primera fábrica de cerámica artística y de loza creada casi a la vez que la ovetense. Un apunte más que destacado: esta fábrica de vajillas llegó a tener 600 trabajadores en la década de los sesenta.
Con el comienzo del siglo XX y llegada de los productos asiáticos, esta industria sufrió una considerable pérdida de beneficios. Las cifras hablan de un declive en la previsión de ventas de 4,2 millones a 2,4 millones, en el último año.
Después de 106 años de tradición, su último propietario, Álvaro Ruíz de Alda, cerró las puertas de la locería aunque la reconocida marca de vajillas permanecería hasta nuestros días.
De hecho, Ruiz de Alda decidió clausurar su actividad con el fin de trasladar su producción al norte de África, actuación fuertemente censurada por sus trabajadores y gran parte de la sociedad ovetense. Tras un período de rodaje en el que se consiguieron superar, gracias a la presencia en Marruecos de antiguos empleados, deficiencias de fabricación y por tanto de calidad de la loza para igualarla a la que tenía en su fábrica original, y vencidos igualmente los problemas en el apartado de la distribución, las vajillas vuelven a ocupar un lugar destacado en el mercado.
Posteriormente, la Fábrica de Loza fue el primer patrimonio industrial asturiano declarado Bien de Interés Cultural. El Principado, que inició este expediente por iniciativa del Pleno del Ayuntamiento de Oviedo, destaca el valor de la factoría para documentar «la tradición científico-técnica y de las artes industriales asturianas, que se remonta al siglo XVIII».
Al igual que la mayoría de abandonos, esta fábrica ha sido víctima del paso del tiempo y por el clima de la zona. Igualmente, en 2011 los periódicos locales destacaban como múltiples furgonetas accedían en el interior de la fábrica a plena luz del día para sustraer maquinaria, cobre o restos de vajillas.
Posteriormente en 2014, un gran incendio arrasaba uno de los edificios administrativos de este complejo industrial.
La época donde predominaba el brillo del azul cobalto han desaparecido. En los últimos años las vajillas decoradas han desaparecido, desgraciadamente. A pesar de todo lo sustraído, Loza sigue siendo imponente. En sus instalaciones aun descansan centenares de vajillas, piezas decorativas y azulejos. A lo largo de sus entrañas, esta fábrica ofrece rincones repletos de juegos de café, té y chocolate, todos sin pintar ni barnizar. Los talleres albergan varios hornos antiguos y, sus almacenes, miles de moldes apilados en columnas, etc.
A día de hoy, dicha fábrica aun posee una belleza irresistible difícil de superar.
(Decadencia urbana)
Esta fábrica destaca por su larga trayectoria comercial e histórica. Su proyecto empresarial empezó en septiembre de 1901 de la mano de Senén María Ceñal. Este industrial, arropado por un conjunto de comerciantes y banqueros, inició la construcción de una fábrica de vajillas que marcaría la historia del pueblo colindante y, así mismo, de Asturias.
Desde sus inicios se centró su producción en las vajillas de loza (en concreto con loza feldespática) similar, por su composición química y características físicas, a la loza inglesa, su principal referente. Además, se caracterizó por utilizar las técnicas de decoración de cerámica ‘bajo esmalte’, las más avanzadas de cada época. Este tipo de decoración era el único modo de garantizar que los colores permanecieran inalterables al tiempo.
Altibajos empresariales y diversos propietarios marcaron la historia de esta fábrica de vajillas.
En 1920 se produjo la disolución de la sociedad inicial y fue José Fuentes Díaz-Estébanez quien adquirió la fábrica por la cantidad de 1.8 millones de pesetas. Y con él, llegó la época de mayor esplendor hasta el momento. «La factoría ovetense alcanzó la mayoría de edad en 1924, pues en ese año se colocó a la cabeza de la industria cerámica regional con una producción de tres millones de piezas y una plantilla de 200 trabajadores», refleja el autor Manuel Buelga en su libro.
La producción y las ventas aumentaron aún más en la época en que Juan Fuentes Fernández, hijo del anterior propietario, gestionó la fábrica. La modernización del proceso que emprendió tras la Guerra Civil, años donde prácticamente se paró la producción, permitió escribir otra etapa de años dorados. Pero no fue hasta 1952 cuando la fábrica empezó a competir con La Cartuja de Sevilla, la primera fábrica de cerámica artística y de loza creada casi a la vez que la ovetense. Un apunte más que destacado: esta fábrica de vajillas llegó a tener 600 trabajadores en la década de los sesenta.
Con el comienzo del siglo XX y llegada de los productos asiáticos, esta industria sufrió una considerable pérdida de beneficios. Las cifras hablan de un declive en la previsión de ventas de 4,2 millones a 2,4 millones, en el último año.
Después de 106 años de tradición, su último propietario, Álvaro Ruíz de Alda, cerró las puertas de la locería aunque la reconocida marca de vajillas permanecería hasta nuestros días.
De hecho, Ruiz de Alda decidió clausurar su actividad con el fin de trasladar su producción al norte de África, actuación fuertemente censurada por sus trabajadores y gran parte de la sociedad ovetense. Tras un período de rodaje en el que se consiguieron superar, gracias a la presencia en Marruecos de antiguos empleados, deficiencias de fabricación y por tanto de calidad de la loza para igualarla a la que tenía en su fábrica original, y vencidos igualmente los problemas en el apartado de la distribución, las vajillas vuelven a ocupar un lugar destacado en el mercado.
Posteriormente, la Fábrica de Loza fue el primer patrimonio industrial asturiano declarado Bien de Interés Cultural. El Principado, que inició este expediente por iniciativa del Pleno del Ayuntamiento de Oviedo, destaca el valor de la factoría para documentar «la tradición científico-técnica y de las artes industriales asturianas, que se remonta al siglo XVIII».
Al igual que la mayoría de abandonos, esta fábrica ha sido víctima del paso del tiempo y por el clima de la zona. Igualmente, en 2011 los periódicos locales destacaban como múltiples furgonetas accedían en el interior de la fábrica a plena luz del día para sustraer maquinaria, cobre o restos de vajillas.
Posteriormente en 2014, un gran incendio arrasaba uno de los edificios administrativos de este complejo industrial.
La época donde predominaba el brillo del azul cobalto han desaparecido. En los últimos años las vajillas decoradas han desaparecido, desgraciadamente. A pesar de todo lo sustraído, Loza sigue siendo imponente. En sus instalaciones aun descansan centenares de vajillas, piezas decorativas y azulejos. A lo largo de sus entrañas, esta fábrica ofrece rincones repletos de juegos de café, té y chocolate, todos sin pintar ni barnizar. Los talleres albergan varios hornos antiguos y, sus almacenes, miles de moldes apilados en columnas, etc.
A día de hoy, dicha fábrica aun posee una belleza irresistible difícil de superar.
(Decadencia urbana)
domingo, 2 de abril de 2017
Enxertal - San Martín de Valledor
La localidad de Enxertal, enclavada en un paisaje montañoso y de profundos valles, es un caserío levantado sobre una aguda pendiente dentro del término de San Martín de Valledor, nombre que parece evocar la tradición minera de estas tierras, explotadas en época de los romanos.
La aldea, que a comienzos del siglo XX superaba los 110 habitantes y en 1970 todavía contaba con 90 vecinos, está integrada por unas diez casas de piedra, en su mayoría bien conservadas y con algunas magníficas paneras rodeadas por barandillas de madera tallada.
El carácter aislado del lugar, que a veces queda incomunicado por las nevadas, fue la principal causa de su despoblamiento. Sólo se quedó a vivir una familia, tal vez siguiendo la costumbre -generalizada en muchas aldeas- de que alguien se mantuviera al cuidado de las tierras y de la casa paterna mientras los demás emigraban intentando mejorar su vida.
Al entrar en el caserío, un grupo de toscas colmenas hechas con corcho y pizarra, anuncian al viajero cierta actividad y un aprovechamiento tradicional de la tierra. Después, la calle comienza su descenso por la ladera, entre casas de buena planta que se defendían del frío gracias a sus gruesos muros de piedra y con ayuda de una cocina de leña o carbón, única fuente de calor de la vivienda.
En la parte baja del pueblo se conserva la antigua capilla, un mínimo templo ante el cual mana una fuente de frescas aguas. A partir de aquí la calle parece perderse en el fondo del valle, por el que transcurre el río del Oro. A ambos lados del cauce, sobre las laderas, se abren paso estrechos senderos y caminos de cabras cubiertos de maleza.
La aldea, que a comienzos del siglo XX superaba los 110 habitantes y en 1970 todavía contaba con 90 vecinos, está integrada por unas diez casas de piedra, en su mayoría bien conservadas y con algunas magníficas paneras rodeadas por barandillas de madera tallada.
El carácter aislado del lugar, que a veces queda incomunicado por las nevadas, fue la principal causa de su despoblamiento. Sólo se quedó a vivir una familia, tal vez siguiendo la costumbre -generalizada en muchas aldeas- de que alguien se mantuviera al cuidado de las tierras y de la casa paterna mientras los demás emigraban intentando mejorar su vida.
Al entrar en el caserío, un grupo de toscas colmenas hechas con corcho y pizarra, anuncian al viajero cierta actividad y un aprovechamiento tradicional de la tierra. Después, la calle comienza su descenso por la ladera, entre casas de buena planta que se defendían del frío gracias a sus gruesos muros de piedra y con ayuda de una cocina de leña o carbón, única fuente de calor de la vivienda.
En la parte baja del pueblo se conserva la antigua capilla, un mínimo templo ante el cual mana una fuente de frescas aguas. A partir de aquí la calle parece perderse en el fondo del valle, por el que transcurre el río del Oro. A ambos lados del cauce, sobre las laderas, se abren paso estrechos senderos y caminos de cabras cubiertos de maleza.
jueves, 2 de marzo de 2017
Casa Bango - Asturias
HISTORIA.
Esta típica casa solariega fue construida en el siglo XVIII por la familia Bango siguiendo las líneas estéticas de las antiguas quintanas asturianas. Sus 400 metros cuadrados se levantan cerca del pueblo de Barreo, en una zona privilegiada próxima a la costa de Gozón.
Varios siglos después, la finca fue adquirida por el adinerado Ángel Álvarez, un fabricante de ataúdes conocido con el apodo de “el Difuntín” debido a la larga saga familiar dedicada a los negocios funerarios. Este es el motivo por el cual la casona también recibe el nombre de “Torre Difuntín”.
El nuevo propietario mandó ampliar el edificio con una torre de cinco pisos que consta de un impresionante mirador acristalado en la parte superior desde dónde puede verse el mar y el puerto de Avilés.
Durante la Guerra Civil, la casa fue ocupada por ambos bandos y, tras la muerte de Álvarez, tuvo varios propietarios desconocidos.
Desde 2006, este inmueble es propiedad del conocido restaurador vasco Koldo Miranda, que la adquirió con la pretensión de convertirlo en un complejo hotelero aunque nunca se decidió a empezar la obra. A día de hoy, la finca se vende por 350.000€.
La estructura de la casa se ha visto seriamente dañada con los años. Las grietas y la lluvia han debilitado y empeorado su estado . Además, en el año 2011, un incendio calcinó los dos primeros pisos de la torre principal, propiciando su derrumbe. El interior de la original “Casa de Bango” ha quedado repleta de escombros en la mayoría de las habitaciones. Sólo la entrada, el salón, la cocina y un par de habitaciones mantienen el aire decadente propio de un abandono. A pesar de el mal estado en la que se encuentra, esta casona sorprende por la cantidad de reliquias que preserva en su interior.
Esta típica casa solariega fue construida en el siglo XVIII por la familia Bango siguiendo las líneas estéticas de las antiguas quintanas asturianas. Sus 400 metros cuadrados se levantan cerca del pueblo de Barreo, en una zona privilegiada próxima a la costa de Gozón.
Varios siglos después, la finca fue adquirida por el adinerado Ángel Álvarez, un fabricante de ataúdes conocido con el apodo de “el Difuntín” debido a la larga saga familiar dedicada a los negocios funerarios. Este es el motivo por el cual la casona también recibe el nombre de “Torre Difuntín”.
El nuevo propietario mandó ampliar el edificio con una torre de cinco pisos que consta de un impresionante mirador acristalado en la parte superior desde dónde puede verse el mar y el puerto de Avilés.
Durante la Guerra Civil, la casa fue ocupada por ambos bandos y, tras la muerte de Álvarez, tuvo varios propietarios desconocidos.
Desde 2006, este inmueble es propiedad del conocido restaurador vasco Koldo Miranda, que la adquirió con la pretensión de convertirlo en un complejo hotelero aunque nunca se decidió a empezar la obra. A día de hoy, la finca se vende por 350.000€.
La estructura de la casa se ha visto seriamente dañada con los años. Las grietas y la lluvia han debilitado y empeorado su estado . Además, en el año 2011, un incendio calcinó los dos primeros pisos de la torre principal, propiciando su derrumbe. El interior de la original “Casa de Bango” ha quedado repleta de escombros en la mayoría de las habitaciones. Sólo la entrada, el salón, la cocina y un par de habitaciones mantienen el aire decadente propio de un abandono. A pesar de el mal estado en la que se encuentra, esta casona sorprende por la cantidad de reliquias que preserva en su interior.
(Decadencia urbana)
miércoles, 15 de febrero de 2017
Curriellos - Asturias
Para llegar a las casas de Curriellos hemos de cruzar el río Besapié, sin embargo el puente que antes salvaba su cauce se encuentra destruido y solo queda como paso este madero. La altura hasta el fondo del río es de más de 3 metros y la humedad del madero hace que tengamos que extremar las precauciones a la hora de cruzarlo.
Entramos en la aldea de Curriellos (520 m.), donde aún se conservan en pie sus casas y horreos.
La antigua escuela de Curriellos, curiosamente por dentro se encuentra habilitada para vivir en ella, por lo visto una especie de comuna?? la ocupó para habitarla al menos en los meses de verano.
Las casas de Curriellos se situan sobre el camino principal que asciende por el margen izquierdo del río Barcena. Vemos muestras claras de las construcciónes tipicas de la zona con paneras y casas con corredores de madera, estos corredores se hallan ocupados por colmenas de abeja.
Si abandonamos el pueblo y seguimos el ancho camino, nos topamos con un puente, este de reciente construcción, que nos cruza a la otra vertiente del Barcena, el cual desciende formando unos bonitos saltos y pozas que tienen que ser una delicia en los días calurosos del verano.
Entramos en la aldea de Curriellos (520 m.), donde aún se conservan en pie sus casas y horreos.
La antigua escuela de Curriellos, curiosamente por dentro se encuentra habilitada para vivir en ella, por lo visto una especie de comuna?? la ocupó para habitarla al menos en los meses de verano.
Las casas de Curriellos se situan sobre el camino principal que asciende por el margen izquierdo del río Barcena. Vemos muestras claras de las construcciónes tipicas de la zona con paneras y casas con corredores de madera, estos corredores se hallan ocupados por colmenas de abeja.
Si abandonamos el pueblo y seguimos el ancho camino, nos topamos con un puente, este de reciente construcción, que nos cruza a la otra vertiente del Barcena, el cual desciende formando unos bonitos saltos y pozas que tienen que ser una delicia en los días calurosos del verano.
(Grupo de Montaña Los de las Claras)
sábado, 3 de diciembre de 2016
Enxertal - San Martín de Valledor (Asturias)
La localidad de Enxertal, enclavada en un paisaje montañoso y de profundos valles, es un caserío levantado sobre una aguda pendiente dentro del término de San Martín de Valledor, nombre que parece evocar la tradición minera de estas tierras, explotadas en época de los romanos.
La aldea, que a comienzos del siglo XX superaba los 110 habitantes y en 1970 todavía contaba con 90 vecinos, está integrada por unas diez casas de piedra, en su mayoría bien conservadas y con algunas magníficas paneras rodeadas por barandillas de madera tallada.
El carácter aislado del lugar, que a veces queda incomunicado por las nevadas, fue la principal causa de su despoblamiento. Sólo se quedó a vivir una familia, tal vez siguiendo la costumbre -generalizada en muchas aldeas- de que alguien se mantuviera al cuidado de las tierras y de la casa paterna mientras los demás emigraban intentando mejorar su vida.
Al entrar en el caserío, un grupo de toscas colmenas hechas con corcho y pizarra, anuncian al viajero cierta actividad y un aprovechamiento tradicional de la tierra. Después, la calle comienza su descenso por la ladera, entre casas de buena planta que se defendían del frío gracias a sus gruesos muros de piedra y con ayuda de una cocina de leña o carbón, única fuente de calor de la vivienda.
En la parte baja del pueblo se conserva la antigua capilla, un mínimo templo ante el cual mana una fuente de frescas aguas. A partir de aquí la calle parece perderse en el fondo del valle, por el que transcurre el río del Oro. A ambos lados del cauce, sobre las laderas, se abren paso estrechos senderos y caminos de cabras cubiertos de maleza.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
La aldea, que a comienzos del siglo XX superaba los 110 habitantes y en 1970 todavía contaba con 90 vecinos, está integrada por unas diez casas de piedra, en su mayoría bien conservadas y con algunas magníficas paneras rodeadas por barandillas de madera tallada.
El carácter aislado del lugar, que a veces queda incomunicado por las nevadas, fue la principal causa de su despoblamiento. Sólo se quedó a vivir una familia, tal vez siguiendo la costumbre -generalizada en muchas aldeas- de que alguien se mantuviera al cuidado de las tierras y de la casa paterna mientras los demás emigraban intentando mejorar su vida.
Al entrar en el caserío, un grupo de toscas colmenas hechas con corcho y pizarra, anuncian al viajero cierta actividad y un aprovechamiento tradicional de la tierra. Después, la calle comienza su descenso por la ladera, entre casas de buena planta que se defendían del frío gracias a sus gruesos muros de piedra y con ayuda de una cocina de leña o carbón, única fuente de calor de la vivienda.
En la parte baja del pueblo se conserva la antigua capilla, un mínimo templo ante el cual mana una fuente de frescas aguas. A partir de aquí la calle parece perderse en el fondo del valle, por el que transcurre el río del Oro. A ambos lados del cauce, sobre las laderas, se abren paso estrechos senderos y caminos de cabras cubiertos de maleza.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
lunes, 14 de noviembre de 2016
San Cristóbal - Asturias
A mediados de 1998, cuando el tendido eléctrico llegó a San Cristóbal, ya sólo vivía en la aldea un matrimonio de ancianos, los únicos habitantes que quedan en este lugar que parece olvidado del mundo. Atrás quedan tiempos mejores, cuando allá por los años ciencuenta tenía una población de ochenta personas repartidas en una docena de viviendas, en general bien conservadas, a las que algunos vecinos regresan esporádicamente para pasar temporadas y cuidar de las tierras.
Antes de llegar, el camino se antoja difícil y expresa con elocuencia el aislamiento en el que ha vivido la aldea, encajonada entre hondísimos valles invadidos por un silencio tenaz. A medida que la pista se acerca a San Cristóbal, asoman sobre la vegetación los brillantes tejados de pizarra de las casas, agrupadas a lo largo de un cerro. Antes de entrar, un coche invadido por las zarzas expresa la inevitable derrota de los objetos abandonados al vigor de la naturaleza.
El caserío, integrado por pajares y viviendas con sus correspondientes cuadras, discurre en torno a una sola calle que se ensancha para formar una especie de plazuela. Entre los edificios, levantados con lajas de piedra oscura, se conservan aceptablemente dos hórreos, que recuerdan la actividad agrícola del caserío. Al finalizar la calle, a mano izquierda se alza el caserón que desempeñó el papel de escuela y poco después se conserva la iglesia, un encantador templo rural precedido por un breve porche y coronado por el campanil.
A partir de aquí, el camino se pierde en el fondo del valle y el entorno de la aldea adopta esa atmósfera de quietud ilimitada, apenas rota por el zumbido de las abejas en algunas colmenas y por el distante perfil del caserío de Selas, accesible a pie y también abandonado.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Antes de llegar, el camino se antoja difícil y expresa con elocuencia el aislamiento en el que ha vivido la aldea, encajonada entre hondísimos valles invadidos por un silencio tenaz. A medida que la pista se acerca a San Cristóbal, asoman sobre la vegetación los brillantes tejados de pizarra de las casas, agrupadas a lo largo de un cerro. Antes de entrar, un coche invadido por las zarzas expresa la inevitable derrota de los objetos abandonados al vigor de la naturaleza.
El caserío, integrado por pajares y viviendas con sus correspondientes cuadras, discurre en torno a una sola calle que se ensancha para formar una especie de plazuela. Entre los edificios, levantados con lajas de piedra oscura, se conservan aceptablemente dos hórreos, que recuerdan la actividad agrícola del caserío. Al finalizar la calle, a mano izquierda se alza el caserón que desempeñó el papel de escuela y poco después se conserva la iglesia, un encantador templo rural precedido por un breve porche y coronado por el campanil.
A partir de aquí, el camino se pierde en el fondo del valle y el entorno de la aldea adopta esa atmósfera de quietud ilimitada, apenas rota por el zumbido de las abejas en algunas colmenas y por el distante perfil del caserío de Selas, accesible a pie y también abandonado.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
sábado, 5 de noviembre de 2016
Baselgas - Asturias
El acceso a la localidad de Baselgas, una aldea encaramada sobre un cerro y cercana al montañoso corazón de Asturias, se hace a través de una estrecha pista que parece abrirse paso con dificultad entre la maleza. El abandono y el paso del tiempo han dejado en plena libertad a la vegetación, que se va adueñando rápidamente del asfalto como si quisiera dejar al pueblo definitivamente aislado del mundo. Un umbrío valle cubierto de robles y castaños y atravesado por el río Menende precede la subida hasta el caserío, formado por una veintena de construcciones, de las que únicamente dos están habitadas de manera estable.
En el siglo XIX, la población de Baselgas rondaba los 80 habitantes, dedicados en su mayoría al aprovechamiento agrícola del entorno, escarpado y de suelos calizos, dedicado principalmente a la producción de maíz, habas, patatas y "escanda", variedad de trigo que permitía la elaboración de un pan muy nutritivo. A mediados del siglo XX había más de 120 vecinos, pero veinte años más tarde la población se había reducido al mínimo y Baselgas entraba en una decadencia imparable, aliviada únicamente por algunos vecinos "de fin de semana".
La tradicional actividad agrícola ha dejado su huella evidente en el caserío, en el que destacan los hornos de pan adosados a las viviendas y sobre todo la magnífica colección de hórreos y paneras, una de las más interesantes de la región, adornadas con galerías de madera tallada. Entre las construcciones también es visible el edificio destinado a escuelas y en algunas fachadas de piedra se distinguen marcas y dibujos sobre los dinteles de las puertas.
A las afueras, sobre un alto y rodeada de prados se alza la capilla de la Virgen del Cerano (cuyo extraño nombre, según los lugareños, deriva de la palabra cerebro), objeto de una romería que se celebra el 15 de agosto y que, al menos ese día, vuelve a llenar de vida las calles del pueblo.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
En el siglo XIX, la población de Baselgas rondaba los 80 habitantes, dedicados en su mayoría al aprovechamiento agrícola del entorno, escarpado y de suelos calizos, dedicado principalmente a la producción de maíz, habas, patatas y "escanda", variedad de trigo que permitía la elaboración de un pan muy nutritivo. A mediados del siglo XX había más de 120 vecinos, pero veinte años más tarde la población se había reducido al mínimo y Baselgas entraba en una decadencia imparable, aliviada únicamente por algunos vecinos "de fin de semana".
La tradicional actividad agrícola ha dejado su huella evidente en el caserío, en el que destacan los hornos de pan adosados a las viviendas y sobre todo la magnífica colección de hórreos y paneras, una de las más interesantes de la región, adornadas con galerías de madera tallada. Entre las construcciones también es visible el edificio destinado a escuelas y en algunas fachadas de piedra se distinguen marcas y dibujos sobre los dinteles de las puertas.
A las afueras, sobre un alto y rodeada de prados se alza la capilla de la Virgen del Cerano (cuyo extraño nombre, según los lugareños, deriva de la palabra cerebro), objeto de una romería que se celebra el 15 de agosto y que, al menos ese día, vuelve a llenar de vida las calles del pueblo.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
lunes, 31 de octubre de 2016
As Veigas - Asturias
Situada en la región de los Oscos, en el límite con Lugo, fue poblado por los ligures llegados de Italia. La aldea, muy bien conservada, es hoy centro de turismo rural.
Destaca su iglesia (solo se abre una vez al año, el día de la fiesta en julio).
Los alrededores son bosques de robles, castaños y avellanos, al lado del río Cabreira, y las casas son típicas, de piedra con tejado de pizarra.
(ABC)
Destaca su iglesia (solo se abre una vez al año, el día de la fiesta en julio).
Los alrededores son bosques de robles, castaños y avellanos, al lado del río Cabreira, y las casas son típicas, de piedra con tejado de pizarra.
(ABC)
miércoles, 26 de octubre de 2016
Alcedo de los Caballeros - Asturias
Alceo de los Caballeros o Alcedo de los Caballeros es un pueblo abandonado del concejo de Lena, situado a 650 m de altitud en. El nombre del lugar da idea de la presencia en él de los Templarios (no hay que olvidar que el Camino Francés del Camino de Santiago pasa por las cercanías), mientras que el topónimo Alceo se refiere a las encinas. En él perviven varias casas de piedra y una capilla. El lugar quedó abandonado en los años sesenta.
(Asturnatura)
(Asturnatura)
viernes, 21 de octubre de 2016
A Valia - Asturias
El bullicioso cauce del Agüeira, que recoge sus impolutas aguas de pequeños arroyos en este rincón de Los Oscos, ha creado un entorno idílico a su paso por A Valia, una aldea integrada apenas por tres casas, una capilla derruida y restos de otras construcciones, cuyos orígenes se remontan al siglo XIII. Algo de esa atmósfera medieval se respira aún en este núcleo de pizarra y piedra oscura, que asoma entre el arbolado como el escenario de una leyenda artúrica y que, por la pureza de su arquitectura, ha sido catalogada como conjunto histórico-etnográfico de interés.
Desde tiempos remotos, A Valia estuvo habitada por una población estable que ocupaba tres casas y algunas cabañas, hoy desaparecidas, y que a mediados del siglo XX se reducía a 16 habitantes. La economía de la aldea se mantuvo gracias a la agricultura y a la industria de la forja, realizada con ayuda de un mazo movido por la corriente del agua. Pero la crisis de ambas fuentes de riqueza produjo el abandono de la aldea.
Hoy, la única huella visible de la herrería son los restos de la canalización del mazo y un curioso blasón que se conserva en la casa principal, en el que figura la palabra Vizcain, tal vez porque la mayoría de los herreros procedían de Vizcaya. La influencia vasca se hizo presente en el nombre que se daba en la comarca a los artesanos de las herrerías, llamados "arozas" (de arotz, herrero en euskera).
El otro testimonio de que esta aldea estuvo llena de vida es el molino de grano, una minúscula construcción junto al río. En lo alto del caserío quedan las paredes y restos del campanil de la capilla, una modesta obra de piedra datada en 1766 y, al otro lado del valle, sobre un altozano, se levanta As Casias, un caserón acompañado de un hórreo de buen porte.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Desde tiempos remotos, A Valia estuvo habitada por una población estable que ocupaba tres casas y algunas cabañas, hoy desaparecidas, y que a mediados del siglo XX se reducía a 16 habitantes. La economía de la aldea se mantuvo gracias a la agricultura y a la industria de la forja, realizada con ayuda de un mazo movido por la corriente del agua. Pero la crisis de ambas fuentes de riqueza produjo el abandono de la aldea.
Hoy, la única huella visible de la herrería son los restos de la canalización del mazo y un curioso blasón que se conserva en la casa principal, en el que figura la palabra Vizcain, tal vez porque la mayoría de los herreros procedían de Vizcaya. La influencia vasca se hizo presente en el nombre que se daba en la comarca a los artesanos de las herrerías, llamados "arozas" (de arotz, herrero en euskera).
El otro testimonio de que esta aldea estuvo llena de vida es el molino de grano, una minúscula construcción junto al río. En lo alto del caserío quedan las paredes y restos del campanil de la capilla, una modesta obra de piedra datada en 1766 y, al otro lado del valle, sobre un altozano, se levanta As Casias, un caserón acompañado de un hórreo de buen porte.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
viernes, 14 de octubre de 2016
Mon - Asturias
La aldea de Mon, perteneciente al término de San Martín de Oscos, es un mínimo conjunto de construciones tradicionales que se alzan junto a un palacio medieval, un soberbio caserón utilizado actualmente como cuadra en espera de que las autoridades competentes lo rescaten del abandono.
El edificio, un bello ejemplo de construcción nobiliaria rural, está unido al linaje de los Mon y Velarde, protaganista de una antigua leyenda local en la que se narra cómo una princesa había sido hecha prisionera en este palacio por una especie de dragón, el temible cuélebre de la tradición astur. Enterado Arias Mon del cautiverio de la muchacha, se dirigió a la aldea y tras acabar con el cuélebre se casó con la princesa, fundando una estirpe que vivió en el palacio durante varias generaciones.
Princesas y cuélebres
De aquella hazaña surgió un lema: "Velarde, que la sierpe mató, con la infanta se casó", y un hermoso blasón en el que figura el cuélebre, un caballero con armadura y una orla en la que se evoca a la estirpe que vivió en el palacio: "Estas armas y blasón son de la casa de Mon, como fuerte las gané y así las defenderé". Este escudo, junto con otro de las mismas dimensiones, flanquea la entrada en la fachada principal del edificio, una excelente obra barroca con balcones en voladizo y balaustradas de hierro forjado, que tiene una torre a cada lado. La fachada norte del palacio exhibe también una puerta blasonada que da paso a la capilla y a un patio interior.
La aldea, formada por un pequeño grupo de construcciones de piedra y madera, ha mantenido una población estable y próxima a los sesenta vecinos en los dos últimos siglos, pero en la década de los 70 vio disminuir sus habitantes, que trataban de mejorar su vida lejos de esta región, abandonada y marginada hasta hace muy pocos años. En los establos situados bajo las casas, aún se ven indicios de pequeñas explotaciones ganaderas y a partir del río, una mínima pista conduce a los restos de un mazo donde se realizaban trabajos de forja, una de las labores tradicionales de Los Oscos.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
El edificio, un bello ejemplo de construcción nobiliaria rural, está unido al linaje de los Mon y Velarde, protaganista de una antigua leyenda local en la que se narra cómo una princesa había sido hecha prisionera en este palacio por una especie de dragón, el temible cuélebre de la tradición astur. Enterado Arias Mon del cautiverio de la muchacha, se dirigió a la aldea y tras acabar con el cuélebre se casó con la princesa, fundando una estirpe que vivió en el palacio durante varias generaciones.
Princesas y cuélebres
De aquella hazaña surgió un lema: "Velarde, que la sierpe mató, con la infanta se casó", y un hermoso blasón en el que figura el cuélebre, un caballero con armadura y una orla en la que se evoca a la estirpe que vivió en el palacio: "Estas armas y blasón son de la casa de Mon, como fuerte las gané y así las defenderé". Este escudo, junto con otro de las mismas dimensiones, flanquea la entrada en la fachada principal del edificio, una excelente obra barroca con balcones en voladizo y balaustradas de hierro forjado, que tiene una torre a cada lado. La fachada norte del palacio exhibe también una puerta blasonada que da paso a la capilla y a un patio interior.
La aldea, formada por un pequeño grupo de construcciones de piedra y madera, ha mantenido una población estable y próxima a los sesenta vecinos en los dos últimos siglos, pero en la década de los 70 vio disminuir sus habitantes, que trataban de mejorar su vida lejos de esta región, abandonada y marginada hasta hace muy pocos años. En los establos situados bajo las casas, aún se ven indicios de pequeñas explotaciones ganaderas y a partir del río, una mínima pista conduce a los restos de un mazo donde se realizaban trabajos de forja, una de las labores tradicionales de Los Oscos.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
sábado, 8 de octubre de 2016
Arbeyales - Asturias
Cuando el viajero se aparta de la carretera general para adentrarse en el valle del Pumarín, lo primero que le sorprende es la espectacular belleza de este rincón, oculto a la vista y salpicado por las manchas de los grupos de tejados de seis o siete aldeas. Pero a esa primera impresión le sigue otro descubrimiento: la absoluta quietud de esos pueblos mínimos, en su mayoría deshabitados y que han impregnado de un raro silencio todo el paisaje.
Uno de estos pueblos es Arbeyales, asentado al fondo del valle, sobre una ladera cercana al cauce del río y en una zona cubierta por frondosos robles. El caserío, que reúne una docena de viviendas, así como abundantes pajares y las escuelas, está siendo recuperado en parte por sus antiguos vecinos, que han acometido la rehabilitación de algunos edificios e incluso hórreos y paneras para convertirlos en viviendas de verano.
En invierno el pueblo queda vacío y en sus calles ya no se atisba la actividad de otras épocas, cuando era conocido por su "casa de monta", dotada de tres sementales, a la que eran llevadas todos los años unas 500 yeguas.
Durante los dos últimos siglos, Arbeyales ha mantenido una población cercana a los 50 habitantes, dedicados en su mayoría a la ganadería y al cultivo del maíz, el centeno, las patatas y las castañas, que se utilizaban como alimento para los cerdos y permitían producir unos excelentes jamones. La marcha de los vecinos ha supuesto también el abandono de las tierras, regadas únicamente por la lluvia y por el río Pumarín, que corre libremente formando pequeñas cascadas después de bajar por el Monte Húmedo, desde el puerto del Palo.
Cerca del pueblo aún se conserva una capillita con techo de pizarra aunque los oficios religiosos se celebraban el Santa Coloma, parroquia y cementerio de todos los pueblos de valle y uno de los pocos núcleos que aún permanecen habitados.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Uno de estos pueblos es Arbeyales, asentado al fondo del valle, sobre una ladera cercana al cauce del río y en una zona cubierta por frondosos robles. El caserío, que reúne una docena de viviendas, así como abundantes pajares y las escuelas, está siendo recuperado en parte por sus antiguos vecinos, que han acometido la rehabilitación de algunos edificios e incluso hórreos y paneras para convertirlos en viviendas de verano.
En invierno el pueblo queda vacío y en sus calles ya no se atisba la actividad de otras épocas, cuando era conocido por su "casa de monta", dotada de tres sementales, a la que eran llevadas todos los años unas 500 yeguas.
Durante los dos últimos siglos, Arbeyales ha mantenido una población cercana a los 50 habitantes, dedicados en su mayoría a la ganadería y al cultivo del maíz, el centeno, las patatas y las castañas, que se utilizaban como alimento para los cerdos y permitían producir unos excelentes jamones. La marcha de los vecinos ha supuesto también el abandono de las tierras, regadas únicamente por la lluvia y por el río Pumarín, que corre libremente formando pequeñas cascadas después de bajar por el Monte Húmedo, desde el puerto del Palo.
Cerca del pueblo aún se conserva una capillita con techo de pizarra aunque los oficios religiosos se celebraban el Santa Coloma, parroquia y cementerio de todos los pueblos de valle y uno de los pocos núcleos que aún permanecen habitados.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
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