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sábado, 29 de mayo de 2021

El Castil - Jaén



Aldea o cortijada fantasma (abandonada) creada a la vera de la protección del Castillo de Castil.

Una de sus casas es el Cortijo de San Bartolomé.

Francis 

domingo, 6 de octubre de 2019

Tranco del Lobo

En una de las cuevas de este lugar, el día 26 de febrero del 1952 a las 19 horas, falleció Manuel Calderón Jiménez "El Ramiro", último maqui de esta Sierra Según acta de defunción del Juzgado de Paz de Quesada: "hizo frente a la Guardia Civil cuando ésta lo perseguía como malhechor y fugitivo de ta pasada guerra de 1936"
Su cadáver fue llevado el 28 de febrero a una fosa común del Corralillo de los Ahorcados del cementerio municipal Nuestra Señora de Tiscar de Quesada, tras ser exhibido su cadáver y repartidos sus enseres

miércoles, 9 de mayo de 2018

Los Goldines - Jaén

Los Goldines es una aldea ubicada en el municipio jienense Santiago-Pontones, perteneciente a la comarca de Sierra de Segura. La creación del Coto Nacional Nacional de Caza de Cazorla-Segura, en 1960, supuso el cambio de uso de una gran extensión de terreno en la que había núcleos de población habitados, cuyos habitantes tuvieron que desalojar. Es posible que esta fuera la causa del abandono de Los Goldines, pero no hemos encontrado más datos sobre su historia y despoblación. Actualmente se encuentra en estado de ruina y abandono.

(Donde duerme el olvido)

jueves, 20 de octubre de 2016

Cortijos Nuevos - Jaén

Desde hace muchos años, Manuel es el único habitante de Cortijos Nuevos, aldea asentada cerca del cauce del Guadalimar y a poca distancia de la carretera N-322 que une Bailen con Albacete. La mayor parte de sus convecinos se marcharon con las grandes oleadas de emigración repartiéndose por destinos tan dispares como Francia, Barcelona, Alicante,... o en el mejor de los casos se quedaron a vivir en Puente de Génave, donde podían disponer de una casa con luz y agua corriente, lujos de los que carecía Cortijos Nuevos, que se abastecía con agua de lluvia almacenada en un aljibe.
La cercanía del río y la tradición agrícola de la zona habían permitido que la aldea viviera tiempos mejores y tuviera hasta un centenar de habitantes, dedicados al cultivo de olivos y cereales. Incluso en épocas no muy lejanas se construyó una escuela después de que los niños asistieran al aula improvisada en una casa particular. El edificio escolar, que incluye la vivienda del maestro, se alza junto a una capilla y es la única construcción reciente en medio de un caserío que conserva en buen estado su arquitectura tradicional. El núcleo urbano carece de calles propiamente dichas y está integrado por manzanas desiguales que agrupan diversas viviendas, creando un bonito juego de muros y tejados a distintas alturas. La mayor parte de las construciones contaban con zonas destinadas a usos muy diferentes: la vivienda, el patio, los establos y los graneros. Éstos últimos podían llegar a tener dos plantas, comunicadas entre sí por una escalera exterior. La solidez de los muros, hechos con piedra de mampostería, ha preservado en parte los edificios, que a veces siguen siendo utilizados por sus dueños como almacenes y entre los que destaca un caserón de gran tamaño, que estuvo habitado por el vecino más rico del pueblo, arruinado, según cuentan, por su carácter mujeriego.

Tráfico lejano
En el recorrido de la cortijada, los hornos abandonados y las aventadoras cubiertas de herrumbre, que asoman bajo los tejadillos de los corrales, evocan otros instantes en la vida de esta aldea. Unos instantes cuyos últimos rescoldos son los ladridos de los perros y la presencia del solitario y locuaz Manuel, amigo de charlar con el visitante -e incluso de ofrecerle vino y fruta- y capaz de reconocer que ha pasado miedo alguna noche, cuando la oscuridad cae sobre las casas. Mientras, a lo lejos se observa el incesante tráfico de la carretera nacional, como una ironía del progreso.

(Pilar Alonso y Alberto Gil)

miércoles, 19 de octubre de 2016

Los Linarejos - Jaén

El emplazamiento de Los Linarejos, una bonita cortijada que se alza a más de 900 metros de altitud en un paraje recóndito de la sierra de Segura, produce en el visitante una mezcla de emoción y sorpresa. Alrededor del caserío, asentado en una pequeña planicie sobre un cerro, se alzan varios montes que superan los 1.300 metros y envuelven la aldea formando un semicírculo, como una especie de manto protector cubierto de pinares. En este valle cerrado, algunos arroyos bajan por las agudas pendientes de las laderas y se unen en las cercanías de la aldea para formar el río Orcera.
La abundancia de agua en el entorno no impidió que, paradójicamente, el lugar quedara despoblado a comienzos de los ochenta por problemas de abastecimiento. Con anterioridad, el aislamiento ya había provocado la marcha de algunos de sus habitantes, pero la mayor pérdida de población se produjo en 1981, en que se secó la fuente del pueblo, de cuyo caño mana hoy un escueto chorro de agua.

Rigores invernales

La subida al pueblo, lleva directamente al principal núcleo de casas, un conjunto bien conservado atravesado por dos callejones recoletos que se cruzan en el centro del caserío. La mayor parte de las viviendas, que no superan la veintena, tienen salida a estas dos calles y muestran aún sus muros en buen estado, blanqueados con cal y hechos con piedra, barro y pizarra. Una hilera de cuadras protege la aldea respecto a la zona más desguarecida del valle y ante la dureza de los rigores invernales.
Las viviendas suelen tener dos pisos, el bajo con dos dormitorios y una cocina con salida al corral, y el alto destinado a granero. La presencia de chimeneas y el reducido número de ventanas, de pequeño tamaño, eran la única forma de conjurar el frío. Por lo demás, las casas carecían de agua corriente y de luz eléctrica. El patrimonio familiar se limitaba a unos cuantos animales de granja y a los breves terrenos de huerta que rodean el pueblo.


(Pilar Alonso y Alberto Gil)