La primera impresión que trasmite Castellnou de Montsec, encaramado sobre un otero de roca, es la de un pueblo fortificado que aún permanece vigilante sobre el paisaje montañoso del entorno y los campos cubiertos de robles y encinas. De hecho, el propio nombre del pueblo hace referencia a su castillo, una construcción palaciega que apenas conserva algunos muros de la fortaleza primitiva y que estuvo habitado hasta hace diez años por los descendientes de sus antiguos dueños.
Uno de los personajes notables de aquella dinastía, Gaspar de Portola, fue gobernador de California y permanece actualmente enterrado en el templo de Castilnou, una minúscula iglesia consagrada a Sant Esteve y cuya espadaña sostiene dos campanas.
Llega la electricidad
El núcleo de casas, que rodean el palacio apiñándose al borde de la pendiente, giran alrededor de una minúscula plaza en la que no es difícil encontrarse con alguno de los escasísimos vecinos que todavía mantienen un débil contacto con el pueblo. Sobre una placa queda constancia de la llegada de la luz eléctrica en 1978, cuando el pueblo ya había iniciado su imparable declive.
Durante el siglo XIX, Castellnou tenía más de sesenta vecinos sometidos a una vida precaria por la falta de agua, que en épocas de sequía les obligaba a buscarla muy lejos del pueblo. Algunas pequeñas fuentes y balsas, también apartadas, aliviaban esta situación de escasez y permitían mantener una reducida cabaña de ganado y algunos cultivos de patatas y cereal. Las familias se repartían en una treintena de viviendas, en su mayoría simples construcciones de piedra de una sola planta, muchas de las cuales están ahora en la más absoluta ruina. Al borde del pueblo se pueden ver los desnudos muros de las cuadras con sus tejados hundidos y junto a la iglesia, el cementerio ocupa una breve terraza que se asoma al horizonte ilimitado.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
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miércoles, 23 de noviembre de 2016
Nardues - Andurra (Navarra)
En las cercanías de la barrera montañosa de Izco y en medio de una extensa zona de secano, se alza la localidad de Andurra, núcleo minúsculo formado por una sola calle a cuyos lados se mantienen en pie media docena de casas, que parecen haber tenido un nuevo destino como almacenes.
Máquinas cosechadoras y la presencia ocasional de algún pastor indican débilmente que las tierras, antaño dedicadas a La siembra de cereal y patatas, todavía se mantienen productivas.
Hace más de un siglo, la población de Andurra alcanzaba el medio centenar de vecinos, cuya vida transcurría sin sobresaltos entre las tareas agrícolas y la cría de ganado lanar y vacuno, aprovechando la proximidad de algunas zonas de pastos. La existencia de dos pequeños regatos que vertían al río Irati permitía el aprovechamiento del agua en los cultivos y, para uso doméstico, los lugareños se servían de una pequeña fuente cercana.
Dintel grabado
El recuerdo de aquella época y de otras mucho más lejanas se mantiene hoy en algunos mínimos detalles, como el año de construcción de una casa grabado sobre una piedra de su fachada o una tosca puerta de madera con remaches de hierro oxidado.
A las afueras del caserío, la iglesia, consagrada a San Martín, conserva una contundente torre de base cuadrada y un voluminoso ábside, así como los restos de un breve pórtico sobre la entrada principal. A un costado de la torre se extienden las desoladas ruinas de lo que pudo ser la casa del párroco.
Algo más retirado y en medio de los sembrados permanece el cementerio, rodeado de un murete y accesible por una puerta coronada por una sencilla cruz de piedra.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Máquinas cosechadoras y la presencia ocasional de algún pastor indican débilmente que las tierras, antaño dedicadas a La siembra de cereal y patatas, todavía se mantienen productivas.
Hace más de un siglo, la población de Andurra alcanzaba el medio centenar de vecinos, cuya vida transcurría sin sobresaltos entre las tareas agrícolas y la cría de ganado lanar y vacuno, aprovechando la proximidad de algunas zonas de pastos. La existencia de dos pequeños regatos que vertían al río Irati permitía el aprovechamiento del agua en los cultivos y, para uso doméstico, los lugareños se servían de una pequeña fuente cercana.
Dintel grabado
El recuerdo de aquella época y de otras mucho más lejanas se mantiene hoy en algunos mínimos detalles, como el año de construcción de una casa grabado sobre una piedra de su fachada o una tosca puerta de madera con remaches de hierro oxidado.
A las afueras del caserío, la iglesia, consagrada a San Martín, conserva una contundente torre de base cuadrada y un voluminoso ábside, así como los restos de un breve pórtico sobre la entrada principal. A un costado de la torre se extienden las desoladas ruinas de lo que pudo ser la casa del párroco.
Algo más retirado y en medio de los sembrados permanece el cementerio, rodeado de un murete y accesible por una puerta coronada por una sencilla cruz de piedra.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
martes, 22 de noviembre de 2016
Valcovero - Palencia
La localidad de Valcovero es un encantador núcleo de casas de piedra cubiertas por tejados irregulares que parecen irse acomodando al desnivel del suelo. El caserío se escalona en el breve espacio de un valle cerrado, dominado por dos grandes peñascos y cubierto de una vegetación favorecida por las abundantes fuentes que manan en el término. Éstas aguas aún alimentan pequeñas huertas que denotan la presencia de un par de familias, únicos habitantes estables de la localidad después de que estuviera al borde del abandono total.
Una ermita a las afueras
A la vista del pueblo, adormecido en un dulce letargo, se hace muy lejana la época en la que contaba con 30 casas y más de ciento cincuenta habitantes, repartidos entre la agricultura y la ganadería. Pero a diferencia del cercano núcleo de Valsurbio, completamente arruinado, Valcovero mantiene muchas de sus construcciones en buen estado y todavía celebra su romería en septiembre, cuando los antiguos vecinos que han emigrado se reúnen en una ermita situada a poca distancia de la localidad.
El cuidado de las casas ha puesto a salvo algunos bellos ejemplos de arquitectura tradicional, mezclados con inoportunas techumbres de uralita como la que cubre parte del atrio de la iglesia parroquial, consagrada a San Lorenzo. Este sólido templo, asentado en lo alto del caserío y rodeado de espigados chopos, cuenta con una robusta torre cuadrada que guarda el campanario.
Junto a la iglesia se encuentra el cementerio, una breve cuadrícula de muros de piedra y tejas en cuyo interior se pueden ver algunas sepulturas presididas por cruces de madera de una sencillez espartana.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Una ermita a las afueras
A la vista del pueblo, adormecido en un dulce letargo, se hace muy lejana la época en la que contaba con 30 casas y más de ciento cincuenta habitantes, repartidos entre la agricultura y la ganadería. Pero a diferencia del cercano núcleo de Valsurbio, completamente arruinado, Valcovero mantiene muchas de sus construcciones en buen estado y todavía celebra su romería en septiembre, cuando los antiguos vecinos que han emigrado se reúnen en una ermita situada a poca distancia de la localidad.
El cuidado de las casas ha puesto a salvo algunos bellos ejemplos de arquitectura tradicional, mezclados con inoportunas techumbres de uralita como la que cubre parte del atrio de la iglesia parroquial, consagrada a San Lorenzo. Este sólido templo, asentado en lo alto del caserío y rodeado de espigados chopos, cuenta con una robusta torre cuadrada que guarda el campanario.
Junto a la iglesia se encuentra el cementerio, una breve cuadrícula de muros de piedra y tejas en cuyo interior se pueden ver algunas sepulturas presididas por cruces de madera de una sencillez espartana.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Torre de Amargós _ Lérida
A poca distancia de Castellnou de Montsec, en una zona baja de la misma sierra y rodeada de un paisaje en el que alterna el robledal joven, los cultivos en bancales y algunas áreas desgastadas por la erosión, se alza esta pequeña aldea que debe su nombre a la antigua presencia de un torreón de vigilancia, del que apenas quedan algunas piedras visibles, invadidas por la hojarasca.
Un breve camino que se aparta de la pista principal llevar directamente al caserío, dejando a mano izquierda el cementerio y los testos de la antigua capilla de la Virgen de la Concepción, edificio del que únicamente siguen en pie parte de los muros. Precisamente cerca de las ruinas se levantó en 1993 un templete de piedra que protege la imagen de la Virgen titular de la capilla, pidiéndole que siga haciendo de Madre "para los que somos de aquí/y a los que os saluden/mientras hacen el camino".
Una fuente muy apartada
Ya en la aldea, el silencio se ha adueñado por completo de los caserones, apenas media docena de edificios que asoman entre los espinos y dejan ver desvencijadas galerías de madera. Las construcciones, hechas con toscas piedras pizarrosas y cubiertas con lajas entre las que sobresalen las chimeneas, cobijaron una veintena de vecinos que vivían del cultivo de cereales, la producción de vino y el cuidado de algunas cabras.
Al igual que en Castellnou, la escasez de agua impuso unas fatigosas condiciones de vida, ya que los lugareños debían surtirse de una fuente, llamada La Boixera, que estaba situada a media hora de camino del caserío. El aislamiento y otras carencias agravaron esta situación y el pueblo quedó completamente deshabitado.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Un breve camino que se aparta de la pista principal llevar directamente al caserío, dejando a mano izquierda el cementerio y los testos de la antigua capilla de la Virgen de la Concepción, edificio del que únicamente siguen en pie parte de los muros. Precisamente cerca de las ruinas se levantó en 1993 un templete de piedra que protege la imagen de la Virgen titular de la capilla, pidiéndole que siga haciendo de Madre "para los que somos de aquí/y a los que os saluden/mientras hacen el camino".
Una fuente muy apartada
Ya en la aldea, el silencio se ha adueñado por completo de los caserones, apenas media docena de edificios que asoman entre los espinos y dejan ver desvencijadas galerías de madera. Las construcciones, hechas con toscas piedras pizarrosas y cubiertas con lajas entre las que sobresalen las chimeneas, cobijaron una veintena de vecinos que vivían del cultivo de cereales, la producción de vino y el cuidado de algunas cabras.
Al igual que en Castellnou, la escasez de agua impuso unas fatigosas condiciones de vida, ya que los lugareños debían surtirse de una fuente, llamada La Boixera, que estaba situada a media hora de camino del caserío. El aislamiento y otras carencias agravaron esta situación y el pueblo quedó completamente deshabitado.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Orbaiz - Navarra
La polémica construcción de la presa de Itoiz, iniciada en 1987 y paralizada en varias ocasiones, a veces de forma violenta, ha pendido como una gigantesca losa sobre algunas localidades ribereñas del Urrobi, como Nagore, Itoiz y Orbaiz, provocando la marcha masiva de sus habientes a otros lugares con un porvenir menos incierto.
El caserío de Orbaiz es uno de los que más han sufrido esta despoblación y en sus callejones desiertos solo se dejan ver, de vez en cuando, algunos vecinos de fin de semana que aún mantienen, débilmente, sus raíces en el lugar.
La villa de Orbaiz estuvo formada por una veintena de casas que se alzaban a lo largo de tres calles empedradas y en la que vivían más de setenta habitantes, dotados de escuela y de una iglesia parroquial consagrada a San Martín. La economía local se basaba en el cultivo de trigo, avena, maíz y patatas, en una ganadería variada y en el aprovechamiento de las riquezas del entorno, rico en bosques y en canteras de piedra caliza. En épocas de escasez, algunos vecinos obtenían también beneficios de actividades menos lícitas como el contrabando de caballos.
Ventanas ojivales
Siglos después, un silencio pesado y amenazante invade el caserío, abandonado a finales de los 60 y en el que todavía se conservan en buen estado la mayoría de las casas, con hermosos portones de madera y algunas ventanas ojivales.
Entre las construcciones destaca el torreón de una casa fuerte del siglo XVII, así como la iglesia, una sobria construcción que ha perdido ya sus campanas, trasladadas por el obispado a Andoain. No lejos del pueblo, sobre un alto, se asienta la ermita de San Emeterio, que quedará bajo las aguas del pantano si finalmente éste se lleva a cabo.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
El caserío de Orbaiz es uno de los que más han sufrido esta despoblación y en sus callejones desiertos solo se dejan ver, de vez en cuando, algunos vecinos de fin de semana que aún mantienen, débilmente, sus raíces en el lugar.
La villa de Orbaiz estuvo formada por una veintena de casas que se alzaban a lo largo de tres calles empedradas y en la que vivían más de setenta habitantes, dotados de escuela y de una iglesia parroquial consagrada a San Martín. La economía local se basaba en el cultivo de trigo, avena, maíz y patatas, en una ganadería variada y en el aprovechamiento de las riquezas del entorno, rico en bosques y en canteras de piedra caliza. En épocas de escasez, algunos vecinos obtenían también beneficios de actividades menos lícitas como el contrabando de caballos.
Ventanas ojivales
Siglos después, un silencio pesado y amenazante invade el caserío, abandonado a finales de los 60 y en el que todavía se conservan en buen estado la mayoría de las casas, con hermosos portones de madera y algunas ventanas ojivales.
Entre las construcciones destaca el torreón de una casa fuerte del siglo XVII, así como la iglesia, una sobria construcción que ha perdido ya sus campanas, trasladadas por el obispado a Andoain. No lejos del pueblo, sobre un alto, se asienta la ermita de San Emeterio, que quedará bajo las aguas del pantano si finalmente éste se lleva a cabo.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
lunes, 21 de noviembre de 2016
Abella - Gerona
Abella es un pueblo situado sobre el valle de la riera d´Abella que es accesible por carretera comarcal desde el pueblo de El Veinat de Vallvigil.
Tiene una población de 52 habitantes.
Entre sus monumentos más destacados está la iglesia de Santa Lucía del siglo XII, es de origen románico aunque esta totalmente reformada.
Desde el pueblo sale una camino sin asfaltar que lleva hacia el collado Verde donde se encuentra restos de antiguas minas de antimonio, hoy abandonadas.
(Wikipedia )
Tiene una población de 52 habitantes.
Entre sus monumentos más destacados está la iglesia de Santa Lucía del siglo XII, es de origen románico aunque esta totalmente reformada.
Desde el pueblo sale una camino sin asfaltar que lleva hacia el collado Verde donde se encuentra restos de antiguas minas de antimonio, hoy abandonadas.
(Wikipedia )
Camporredondo - Soria
Cuando se avista el campanario de Camporredondo, en medio de un tupido arbolado y en un valle protegido de las inclemencias del tiempo, no se comprende que este sea uno de los numerosos pueblos abandonados del norte soriano. El paraje, que parece arrancado de una estampa de la Arcadia, cumple todos los requisitos para convertirse en un lugar de refugio, lejos de la agitación urbana y, de hecho, sus antiguos habitantes regresan de vez en cuando añorando la bucólica cadencia del río que bordea el pueblo entre bosques ribereños.
Repoblaciones de pinar
Todavía en el siglo XX, Camporredondo contaba con 32 familias que vivían del ganado lanar, y cultivaban algunas huertas que permanecen activas a la entrada del caserío. Pero a finales de los 60, las repoblaciones de pinar impusieron un cambio radical en el uso del suelo y los habitantes de ésta y otras poblaciones se quedaron sin pastos y tuvieron que irse. Aquella herida no se ha cerrado y décadas después los lugareños siguen acusando al Icona de haberles privado de sus tierras.
Los vecinos de fin de semana han evitado el derrumbe total del núcleo, al que se accede cruzando un gracioso puente de piedra. El camino conduce a la calle principal que sube por la ladera de un pequeño cerro, bordeando la iglesia, sitiada por una maraña de zarzas y ortigas. El edificio, con un estilizado campanario que ha perdido parte de la cubierta, muestra los restos de su atrio y algunas ventanas de cristales emplomados.
Algo más arriba, la calle continúa hacia un conjunto de sólidos caserones y, a las afueras del pueblo, junto a la misma carretera, el cementerio encierra un bosquete de árboles y arbustos que apenas deja entrever un par de cruces de piedra.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Repoblaciones de pinar
Todavía en el siglo XX, Camporredondo contaba con 32 familias que vivían del ganado lanar, y cultivaban algunas huertas que permanecen activas a la entrada del caserío. Pero a finales de los 60, las repoblaciones de pinar impusieron un cambio radical en el uso del suelo y los habitantes de ésta y otras poblaciones se quedaron sin pastos y tuvieron que irse. Aquella herida no se ha cerrado y décadas después los lugareños siguen acusando al Icona de haberles privado de sus tierras.
Los vecinos de fin de semana han evitado el derrumbe total del núcleo, al que se accede cruzando un gracioso puente de piedra. El camino conduce a la calle principal que sube por la ladera de un pequeño cerro, bordeando la iglesia, sitiada por una maraña de zarzas y ortigas. El edificio, con un estilizado campanario que ha perdido parte de la cubierta, muestra los restos de su atrio y algunas ventanas de cristales emplomados.
Algo más arriba, la calle continúa hacia un conjunto de sólidos caserones y, a las afueras del pueblo, junto a la misma carretera, el cementerio encierra un bosquete de árboles y arbustos que apenas deja entrever un par de cruces de piedra.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
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