La pequeña localidad de Las Muñecas es una de las poblaciones que se asoman al recogido valle del Tuéjar, en tiempos propiedad de los marqueses de Prado, que habían levantado su palacio en el pueblo de Renedo de Valdetuéjar. La presencia de esta familia de la nobleza se remonta a la Edad Media y sus prácticas feudales dejaron una huella muy profunda en este paisaje idílico, regado con las aguas del río Cea y cubierto de vegetación, que todavía es conocido en la comarca como el "valle del hambre".
Fiesta patronal
En verano, Las Muñecas resucita con la presencia de algunos de sus antiguos vecinos, que conservan las construcciones en buen estado y todavía se reúnen el 6 de agosto para celebrar la fiesta del patrono, San Salvador. Pero en invierno el pueblo entra en un profundo letargo, apenas alterado por el trascurso del pequeño cauce que atraviesa el caserío y los quehaceres de los dos únicos lugareños que se niegan a abandonar sus casas.
Hace poco más de un siglo, Las Muñecas contaba con 36 casas y más de ciento treinta vecinos, que disponían de escuela "de primeras letras" y vivían de la agricultura y la ganadería. Pero en 1950 la población ya se había reducido a la mitad y a partir de esa década comenzó un lento goteo que parece haberse detenido en el umbral del despoblamiento absoluto. El recorrido del caserío, con su trazado de calles de tierra, permite disfrutar aún de algunos hermosos edificios que se protegen del frío de la zona gracias a sus gruesas paredes de piedra. Sobre los tejados se alza la iglesia parroquial, con una torre cilindrica que en otros tiempos servía para llegar a las campanas, cuando éstas marcaban el transcurso del día con sus repiques.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Selección por provincias
| LISTADO POR PROVINCIAS |
|||||
| A CORUÑA |
ALAVA |
ALBACETE |
ALICANTE |
ALMERIA |
ASTURIAS |
| AVILA |
BADAJOZ |
BALEARES |
BARCELONA |
BURGOS |
CACERES |
| CADIZ |
CANTABRIA |
CASTELLON |
CEUTA |
CIUDAD REAL |
CORDOBA |
| CUENCA |
GERONA |
GRANADA |
GUADALAJARA |
GUIPUZCOA |
HUELVA |
| HUESCA |
JAEN |
LA RIOJA |
LAS PALMAS |
LEON |
LERIDA |
| LUGO |
MADRID |
MALAGA |
MELILLA |
MURCIA |
NAVARRA |
| ORENSE |
PALENCIA |
PONTEVEDRA |
SALAMANCA |
SEGOVIA |
SEVILLA |
| SORIA |
TARRAGONA |
TENERIFE |
TERUEL |
TOLEDO |
VALENCIA |
| VALLADOLID |
VIZCAYA |
ZAMORA |
ZARAGOZA |
||
miércoles, 12 de octubre de 2016
El Cañigral - Teruel
Al borde a la pequeña sierra de Javalón, una de las formaciones que integran los montes Universales, se encuentra el mínimo núcleo de El Cañigral, un barrio dependiente de Albarracín y asentado en una ladera sobre un arroyo que acabará vertiendo sus aguas al río Cabriel. La austeridad del paisaje, cubierto por pinos y sabinas, y la gran dureza del frío invernal en la región, parecen explicar el silencio que se ha adueñado de este conjunto de edificaciones situado en una especie de tierra de nadie en la divisoria entre Teruel y la serranía de Cuenca, una zona en la que han quedado abandonadas varias aldeas: El Membrillo, San Pedro, El Collado de la Grulla,...
Hasta épocas recientes el pueblo debió contar con una población nutrida, a juzgar por los restos de la escuela, un típico edificio de la posguerra en el que aún se adivina la vivienda del maestro. En el centro del pueblo se puede ver la ermita, construida en el siglo XVIII, según reza en el dintel de su puerta, una sólida obra de madera que protege el interior de este mínimo templo. El edificio ha sido restaurado recientemente por un fraile de la orden de San Juan de Dios, que ejerce de ermitaño en una vivienda cercana.
Horno de piedra
Escalonándose a lo largo de la ladera se pueden ver otras construcciones, modestas pero de buen tamaño, con la característica estuctura de dos plantas, la baja destinada a establos y la superior a vivienda. Entre todas ellas destaca de manera especial un caserón de buen porte, algo apartado del núcleo principal y dotado de una construcción aneja, un horno con forma de tronco de cono que se conserva en muy buen estado. Junto al riachuelo y en un frondoso paraje arbolado que incluye algunos álamos viejísimos, se alza lo que debió ser un antiguo molino, habitado esporádicamente y rodeado de un rústico conjunto de puentecillos de piedra que en otoño quedan ocultos bajo un denso manto de hojas.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Hasta épocas recientes el pueblo debió contar con una población nutrida, a juzgar por los restos de la escuela, un típico edificio de la posguerra en el que aún se adivina la vivienda del maestro. En el centro del pueblo se puede ver la ermita, construida en el siglo XVIII, según reza en el dintel de su puerta, una sólida obra de madera que protege el interior de este mínimo templo. El edificio ha sido restaurado recientemente por un fraile de la orden de San Juan de Dios, que ejerce de ermitaño en una vivienda cercana.
Horno de piedra
Escalonándose a lo largo de la ladera se pueden ver otras construcciones, modestas pero de buen tamaño, con la característica estuctura de dos plantas, la baja destinada a establos y la superior a vivienda. Entre todas ellas destaca de manera especial un caserón de buen porte, algo apartado del núcleo principal y dotado de una construcción aneja, un horno con forma de tronco de cono que se conserva en muy buen estado. Junto al riachuelo y en un frondoso paraje arbolado que incluye algunos álamos viejísimos, se alza lo que debió ser un antiguo molino, habitado esporádicamente y rodeado de un rústico conjunto de puentecillos de piedra que en otoño quedan ocultos bajo un denso manto de hojas.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Fregenite - Granada
Fregenite es una población serrana que mantuvo su tipismo hasta los años 40, en que se inició un lento proceso de despoblación que alcanzó su etapa más aguda en la década de los 60 y arruinó su característica arquitectura alpujarreña. En la actualidad sólo se mantienen en pie media docena de casas de las más de sesenta con las que contó el pueblo, aunque algunas se están reformando como segunda residencia. La presencia de albañiles y de los escasos vecinos que se asoman a las puertas o bajan silenciosamente a buscar agua a la fuente, son una prueba de que el pueblo, pese a su desolación, se resiste al abandono absoluto.
Poco antes de llegar al núcleo urbano, una era de piedra recuerda la época en la que los habitantes de Fregenite vivían del cultivo del cereal, utilizando los bancales construidos a duras penas en un terreno tan accidentado. En torno a estos cultivos todavía se pueden ver almendros, viejísimos olivos y algunas higueras que, junto con las cabras y ovejas, eran el parco medio de subsistencia de los vecinos.
Al bajar al pueblo llama la atención es la aguda pendiente en la que el caserío parece mantener un precario equilibrio, incrustado en el espectacular paisaje montañoso donde se unen las sierras del Junco y de Lujar. Las calles reptan como pequeños senderos cubiertos de vegetación, mientras que las casas, de gran simplicidad, y presididas por las inconfundibles chimeneas alpujarreñas, se adaptan a la ladera del monte gracias a las terrazas escalonadas, presentes en toda la comarca.
Sólo los cuidados macizos de flores, las paredes recién encaladas y algunas cortinas sobre las puertas indican la existencia de un silencioso vecindario. En el interior de las viviendas, de una sola altura, las habitaciones tienen distintos niveles para amoldarse a la pendiente del terreno y en la parte trasera suelen esconder patios con corrales.
Molino de aceite
Entre las construcciones atraen la atención los restos de un molino de aceite, donde aún se puede ver parte de la maquinaria, la almazara y algunas tinajas. En la parte más alta del pueblo, separada de éste y con espectaculares vistas se alza lo que debió ser la escuela y la parte baja está ocupada por la iglesia, una construcción del siglo XVI que, tras sufrir graves daños durante la Guerra Civil, quedó reducida a un modesto templo encalado en el que sobresale el mínimo campanario. Tras la iglesia está el cementerio y junto a ella, en una zona umbría cubierta de árboles, un caño ofrece el alivio de su agua fresca, procedente de un manantial cercano.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Poco antes de llegar al núcleo urbano, una era de piedra recuerda la época en la que los habitantes de Fregenite vivían del cultivo del cereal, utilizando los bancales construidos a duras penas en un terreno tan accidentado. En torno a estos cultivos todavía se pueden ver almendros, viejísimos olivos y algunas higueras que, junto con las cabras y ovejas, eran el parco medio de subsistencia de los vecinos.
Al bajar al pueblo llama la atención es la aguda pendiente en la que el caserío parece mantener un precario equilibrio, incrustado en el espectacular paisaje montañoso donde se unen las sierras del Junco y de Lujar. Las calles reptan como pequeños senderos cubiertos de vegetación, mientras que las casas, de gran simplicidad, y presididas por las inconfundibles chimeneas alpujarreñas, se adaptan a la ladera del monte gracias a las terrazas escalonadas, presentes en toda la comarca.
Sólo los cuidados macizos de flores, las paredes recién encaladas y algunas cortinas sobre las puertas indican la existencia de un silencioso vecindario. En el interior de las viviendas, de una sola altura, las habitaciones tienen distintos niveles para amoldarse a la pendiente del terreno y en la parte trasera suelen esconder patios con corrales.
Molino de aceite
Entre las construcciones atraen la atención los restos de un molino de aceite, donde aún se puede ver parte de la maquinaria, la almazara y algunas tinajas. En la parte más alta del pueblo, separada de éste y con espectaculares vistas se alza lo que debió ser la escuela y la parte baja está ocupada por la iglesia, una construcción del siglo XVI que, tras sufrir graves daños durante la Guerra Civil, quedó reducida a un modesto templo encalado en el que sobresale el mínimo campanario. Tras la iglesia está el cementerio y junto a ella, en una zona umbría cubierta de árboles, un caño ofrece el alivio de su agua fresca, procedente de un manantial cercano.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
martes, 11 de octubre de 2016
Rambla Honda - Almería
Media docena de palmeras alrededor de un aljibe saludan al viajero que se aproxima a Rambla Honda, una barriada repartida entre distintos cerros de las proximidades de Lucainena de las Torres. El terreno, muy característico del interior almeriense, es un conglomerado de rocas y suelos grisáceos, discretamente coloreado por las chumberas y algunos granados cuyos frutos maduran y se cuartean sin que nadie los recoja. En medio de este paisaje yermo transcurre la rambla que dio nombre al pueblo, un cauce seco durante la mayor parte del año y que, al llegar las lluvias se convierte en un peligroso torrente.
Una cadena cierra el paso de vehículos al inicio de la pista que lleva hasta el pueblo Antes de llegar, a media ladera de un altozano se alza un cortijillo aislado y tras un breve trayecto a pie se alcanza el cogollo del caserío aupado sobre una elevación del terreno. El recorrido de este núcleo en d que se mezclan construcciones en ruinas con casas habitadas ocasionalmente, trasmite una cierta desazón. El silencio apenas alterado por el eco de algunos ladridos, se ha apoderado del lugar, envolviéndolo con una aureola turbadora.
El declive de la minería
Hasta mediados del siglo XX, Rambla Honda era una animada localidad con más de 180 habitantes que vivían de la agricultura y de una minería volcada en la extracción del hierro y el cobre, con yacimientos muy abundantes en toda la comarca. La decadencia de estas fuentes de riqueza produjo la emigración masiva en la zona y Rambla Honda enmudeció al cabo de pocos años.
A la entrada del pueblo, un camión destartalado preside las antiguas eras, sobre las que aparecen restos de puertas y ventanas así como cerraduras llenas de herrumbre. En torno a este espacio se encuentran la mayoría de las viviendas, encaladas y con breves porches en los que asoma algún emparrado. Pequeñas construcciones destinadas a cuadras y pocilgas completan la estampa de este caserío.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Una cadena cierra el paso de vehículos al inicio de la pista que lleva hasta el pueblo Antes de llegar, a media ladera de un altozano se alza un cortijillo aislado y tras un breve trayecto a pie se alcanza el cogollo del caserío aupado sobre una elevación del terreno. El recorrido de este núcleo en d que se mezclan construcciones en ruinas con casas habitadas ocasionalmente, trasmite una cierta desazón. El silencio apenas alterado por el eco de algunos ladridos, se ha apoderado del lugar, envolviéndolo con una aureola turbadora.
El declive de la minería
Hasta mediados del siglo XX, Rambla Honda era una animada localidad con más de 180 habitantes que vivían de la agricultura y de una minería volcada en la extracción del hierro y el cobre, con yacimientos muy abundantes en toda la comarca. La decadencia de estas fuentes de riqueza produjo la emigración masiva en la zona y Rambla Honda enmudeció al cabo de pocos años.
A la entrada del pueblo, un camión destartalado preside las antiguas eras, sobre las que aparecen restos de puertas y ventanas así como cerraduras llenas de herrumbre. En torno a este espacio se encuentran la mayoría de las viviendas, encaladas y con breves porches en los que asoma algún emparrado. Pequeñas construcciones destinadas a cuadras y pocilgas completan la estampa de este caserío.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Piedrahita - Teruel
En medio de una paisaje inhóspito atravesado por el río Huerva, al borde de la Sierra de Cucalón, hay una sucesión de pueblos: Allueva, Salcedillo, Fonfría,..., que se animan en verano, gracias a una población estacional y con la llegada del invierno entran en un profundo letargo. De todos ellos, el más solitario es Piedrahita, oculto en un valle entre dos sierras y habitado por una familia dedicada a la agricultura y el pastoreo,que obtiene parte de los ingresos vendiendo la lana de las ovejas.
Antes de llegar al pueblo, el paraje, de aspecto pedregoso y cubierto de matorral, se ve mitigado po una bonita chopera que bordea un estrecho arroyo de aguas limpias, que antiguamente mantenía activo un molino harinero. Pero al entrar en el caserío el alivio desaparece a la vista del conjunto de edificaciones, una mezcla de paredes ruinosas y viviendas restauradas para subsistir como segundas residencias.
En el centro del pueblo mana el fresco caño de un manantial y se alza un monumental chopo que cubre la plaza con su frondosa copa. A su sombra deambulan las gallinas, una de las pocas demostraciones de la presencia humana en este pueblo que, durante el siglo pasado, llegó a contar con más de cincuenta casas y con una población cercana a los 200 habitantes que vivían del cultivo del cereal y algunas huertas.
Templo barroco
La única herencia visible de aquel pasado más próspero son los precarios restos del templo parroquial, una construcción barroca consagrada a San Pablo Apóstol y de la que, a duras penas, siguen en pie algunas paredes, restos de la bóveda, capiteles y arquerías trazando un insólito vuelo en el aire.
Los vecinos han conseguido mantener a salvo una de sus campanas, después de que la otra cayera y fuera robada, pero la puerta del templo, un excelente trabajo de talla de madera, permanece en un incomprensible estado de abandono.
Antes de llegar al pueblo, el paraje, de aspecto pedregoso y cubierto de matorral, se ve mitigado po una bonita chopera que bordea un estrecho arroyo de aguas limpias, que antiguamente mantenía activo un molino harinero. Pero al entrar en el caserío el alivio desaparece a la vista del conjunto de edificaciones, una mezcla de paredes ruinosas y viviendas restauradas para subsistir como segundas residencias.
En el centro del pueblo mana el fresco caño de un manantial y se alza un monumental chopo que cubre la plaza con su frondosa copa. A su sombra deambulan las gallinas, una de las pocas demostraciones de la presencia humana en este pueblo que, durante el siglo pasado, llegó a contar con más de cincuenta casas y con una población cercana a los 200 habitantes que vivían del cultivo del cereal y algunas huertas.
Templo barroco
La única herencia visible de aquel pasado más próspero son los precarios restos del templo parroquial, una construcción barroca consagrada a San Pablo Apóstol y de la que, a duras penas, siguen en pie algunas paredes, restos de la bóveda, capiteles y arquerías trazando un insólito vuelo en el aire.
Los vecinos han conseguido mantener a salvo una de sus campanas, después de que la otra cayera y fuera robada, pero la puerta del templo, un excelente trabajo de talla de madera, permanece en un incomprensible estado de abandono.
lunes, 10 de octubre de 2016
Domeño - Pueblo abandonado
La abigarrada población de Domeño, escalonada sobre un monte escabroso en la confluencia de los ríos Turia y Chelva es un ejemplo elocuente de las consecuencias de una expropiación acometida por razones "de interés público"; la ampliación del pantano de Loriguilla, todavía pendiente de ejecución. Tras un largo contencioso, los últimos vecinos abandonaron sus casas hace dos décadas para trasladarse a un pueblo de nueva construcción y el caserío de Domeño entró en un proceso de degradación imparable que lo ha convertido en un peligroso amasijo de ruinas. En épocas no muy lejanas, la localidad tenia una población de más de un millar de habitantes que llenaban de vida las calles, tortuosas y empinadas. El pueblo contaba con ayuntamiento, escuela y un templo parroquial de buenas dimensiones, cuyos restos aún sobresalen entre los tejados hundidos. En lo alto del cerro se pueden ver las ruinas de un castillo que, tras un largo periodo de abandono, estuvo ocupado durante las guerras carlistas. Entorno al pueblo, la pobreza del suelo no favorecía la agricultura, reservada a las riberas del Chelva, donde se producían frutas, hortalizas, cereales y otros cultivos que mantenían en activo dos molinos harineros y dos almazaras.
Maniobras militares
La expropiación del suelo puso punto final a la historia de Domeño. El pueblo fue puesto a la venta y desguazado. Sus tejas, puertas y ventanas se convirtieron en material de construcción para casas rústicas y las calles se transformaron en escenario de maniobras militares con fuego real, hasta que el caserío pasó a ofrecer la estampa de una aldea asolada por los bombardeos. Las calles son ahora intransitables y no es aconsejable internarse entre los edificios, algunos de los cuales muestran sus insólitas fachadas coloreadas. A un costado del pueblo, en lo alto se atisban los restos del cementerio y en las cercanías, el gigantesco chorro de una conducción de agua produce la ilusión de una cascada natural.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Maniobras militares
La expropiación del suelo puso punto final a la historia de Domeño. El pueblo fue puesto a la venta y desguazado. Sus tejas, puertas y ventanas se convirtieron en material de construcción para casas rústicas y las calles se transformaron en escenario de maniobras militares con fuego real, hasta que el caserío pasó a ofrecer la estampa de una aldea asolada por los bombardeos. Las calles son ahora intransitables y no es aconsejable internarse entre los edificios, algunos de los cuales muestran sus insólitas fachadas coloreadas. A un costado del pueblo, en lo alto se atisban los restos del cementerio y en las cercanías, el gigantesco chorro de una conducción de agua produce la ilusión de una cascada natural.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Bárcena de Bureba - Pueblo abandonado
Cuando el tendido de la luz llegó a las poblaciones de la comarca, allá por los años 40, el alcalde de Bárcena tomó una decisión -rechazar el suministro de electricidad- que supuso una especie de suicidio aplazado para esta bonita localidad agrícola. Pasado algún tiempo, la posibilidad de llevar el cableado era tan costosa que resultó inviable y la dureza de los inviernos de la zona, cuando las manadas de lobos llegaban hasta las mismas calles de Bárcena, hicieron el resto.
En los años 90 el pueblo quedó completamente deshabitado y concluyó la historia de esta localidad cuyos orígenes se remontan al menos a la Edad Media, a juzgar por el porte de algunos caserones, accesibles a través de puertas adoveladas.
Economía de subsistencia
Durante el siglo XIX Bárcena era un núcleo de veintitantas casas en las que vivían familias entregadas al aprovechamiento de las tierras del término, dedicadas sobre todo a la producción de trigo y cebada y al cultivo de algunos frutales que prosperaban en la vega. El cauce movía dos molinos harineros en los que hacían la molienda varios pueblos del entorno y la elaboración de queso de oveja y la pesca de cangrejos de río, muy apreciados en toda la provincia, contribuían a la economía local, al igual que la recogida de nueces. Todavía hoy se puede ver algún magnífico ejemplar de nogal presidiendo una encrucijada de calles en medio del pueblo. A simple vista, el caserío aparece repartido en dos barrios a distinta altura, el más bajo cerca del cauce del Hontomin, que trascurre bordeado por una vegetación exuberante, y el más alto coronado por la iglesia parroquial, un delicioso templo románico dedicado a San Julián, cuyo retablo permanece a salvo en un museo de Burgos. En ambos barrios son visibles casas de buena planta, generalmente dotadas de cuadra y dos pisos, totalmente saqueadas y con las techumbres hundidas o en estado muy precario.
La mayoría de las construcciones fueron levantadas con ayuda de una excelente piedra «toba», muy bien trabajada, que era serrada por los picapedreros en una cantera de la zona. Quedan los muros de sillería como prueba elocuente de la robustez de estas obras, levantadas para sobrevivir muchos años, aunque su destino es muy diferente ya que han sido puestas a la venta para utilizar la piedra en nuevas construcciones.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
En los años 90 el pueblo quedó completamente deshabitado y concluyó la historia de esta localidad cuyos orígenes se remontan al menos a la Edad Media, a juzgar por el porte de algunos caserones, accesibles a través de puertas adoveladas.
Economía de subsistencia
Durante el siglo XIX Bárcena era un núcleo de veintitantas casas en las que vivían familias entregadas al aprovechamiento de las tierras del término, dedicadas sobre todo a la producción de trigo y cebada y al cultivo de algunos frutales que prosperaban en la vega. El cauce movía dos molinos harineros en los que hacían la molienda varios pueblos del entorno y la elaboración de queso de oveja y la pesca de cangrejos de río, muy apreciados en toda la provincia, contribuían a la economía local, al igual que la recogida de nueces. Todavía hoy se puede ver algún magnífico ejemplar de nogal presidiendo una encrucijada de calles en medio del pueblo. A simple vista, el caserío aparece repartido en dos barrios a distinta altura, el más bajo cerca del cauce del Hontomin, que trascurre bordeado por una vegetación exuberante, y el más alto coronado por la iglesia parroquial, un delicioso templo románico dedicado a San Julián, cuyo retablo permanece a salvo en un museo de Burgos. En ambos barrios son visibles casas de buena planta, generalmente dotadas de cuadra y dos pisos, totalmente saqueadas y con las techumbres hundidas o en estado muy precario.
La mayoría de las construcciones fueron levantadas con ayuda de una excelente piedra «toba», muy bien trabajada, que era serrada por los picapedreros en una cantera de la zona. Quedan los muros de sillería como prueba elocuente de la robustez de estas obras, levantadas para sobrevivir muchos años, aunque su destino es muy diferente ya que han sido puestas a la venta para utilizar la piedra en nuevas construcciones.
(Pilar Alonso y Alberto Gil)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






